
“La península de las casas vacías”. David Uclés. Siruela, 2025. 696 págs.
Estaba decidida a no leer este libro. Pensaba que no era más que otra de las operaciones de marketing a las que nos tienen acostumbradas las grandes editoriales y los medios. Confieso que, además, el autor no me caía especialmente simpático. Nuestras filias y fobias son así de locas. Pero los libros, como los amores, suelen aparecer sin avisar y resulta difícil deshacerte de ellos.
El autor dice que le costó quince años escribirlo. Y no es para menos: el libro es una auténtica genialidad en forma y fondo.
La novela aborda la guerra civil española, a través de la descomposición de una familia, que es un pueblo, una sociedad, un país. La historia de la guerra civil contada de forma surrealista y mágica, tal como dice el propio narrador.
Un narrador que crea su propio mundo, que es dios y mueve a su antojo situaciones y personajes, que dialoga, da explicaciones, interpela a los lectores e incluso justifica sus decisiones, avisa, comparte sentimientos, rompe la cuarta pared. Un narrador dios omnipotente, exhibicionista, iconoclasta en todas las direcciones. Los personajes no saben si los maneja Dios o un simple narrador que, para el caso, da lo mismo.
Es un libro largo (695 páginas), muy documentado, pero no denso ni farragoso. Atrapa desde la primera página. Quizás, los más jóvenes y los que no tengan experiencia de “agro” pueden perderse en algunos pasajes. El léxico es apabullantemente rico.
El narrador también nos regala en algunos capítulos la banda sonora del pasaje. Es un regalo leer a la vez que escuchamos la música propuesta.
Los escritores profesionales dicen, y yo también, que tú escribes un relato, pero cada lector lee un texto diferente al que tú escribiste. Quizás Uclés no escribió tantas metáforas como podemos leer en la novela. Quizás no quiso escribir un homenaje a José Luis Cuerda a su “Amanece que no es poco” y todo su cine, a Berlanga, a sus despropósitos y su “La vaquilla”, a la Matute y sus niños tontos, a todos los poetas y novelistas, mujeres y hombres de saber que hace desfilar por el relato, sin tomar en cuenta cronología alguna.
Riqueza de versos, textos, documentos históricos que inauguran cada capítulo. Son un aviso de que la historia, va “in crescendo”. Tragicomedia en estado puro, sin saber demasiado bien cuando estás en la tragedia y cuando en la comedia. Ni un gramo de superficialidad.
Es extraño decir esto: a este libro no le sobra ni una sola frase.
Y los nombres, ¡Ay los nombres!
“No hemos de olvidar que el olor de la guerra estaba compuesto por ocho sustancias: meado, mierda, miedo, vómito, sudor, pólvora, descomposición y hambre”.

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