TODO EN ORDEN

 

CELOS3

Cuando la vio aparecer por la puerta con el vestido granate, las botas de caña y el bolso que le regaló colgado al hombro, el corazón se le aceleró. A Alfonso el corazón se le aceleraba siempre que veía a Lola preparada para salir de casa. Después de tantos años, todavía seguía loco por su mujer. Y la vivía más suya que nunca.

– ¿A dónde vas? – La pregunta se le escapó a Alfonso de la boca, antes de que le llegara un buenos días.

– ¿A dónde voy? A trabajar como todos los días de la semana a esta hora, desde hace más de quince años. ¡Y que nos dure! – Lola le respondió dedicándole la misma mirada compasiva y triste con la que acogía los habituales interrogatorios de su marido, cada vez más frecuentes, más familiares, más cotidianos.

-¿Y por qué te has puesto tan guapa, has quedado con alguien hoy? La siguió con la mirada, repasándola de arriba abajo, milímetro a milímetro, mientras apuraba la taza de café con leche que sostenía en la mano.

– ¿Otra vez Alfonso?, ¿otra vez? Todos los días la misma murga a la misma hora. Te haces muy cansino. Tengo este vestido desde el pleistoceno, es cómodo, me gusta, me queda bien, quiero gastarlo. Eso es todo. Me alegra muchísimo que a ti también te guste. Nos vemos a la hora de comer.

Alfonso se levantó de la mesa apresuradamente, se dirigió a Lola poniéndole ojos de cervatillo, de niño pillado en falta. La atrapó en un abrazo cálido, le acarició el cuello con sus labios y le susurró un “me gustas de todas las maneras” a modo de despedida.

Él la escuchó caminar hacia el ascensor. Ella lo escuchó abrir la puerta del balcón. Como todos los días comprobó si había alguien esperándola abajo.

Lola giró repentinamente el cuerpo y levantó el brazo lanzándole un saludo de despedida. Alfonso intentó ocultarse en el quicio de la puerta pero llegó tarde, su mujer ya le había visto, como lo veía todas las mañanas.

La vio caminar hacía la parada del autobús moviendo la cabeza, negando. Algún día se acabaría cansando. ¡Qué suerte había tenido con ella!

A las once de la mañana sonó el teléfono del despacho. Lola sintió que se abalanzaban sobre ella las miradas de todos sus compañeros, percibió la sonrisa maliciosa de muchos de ellos. La culpa era suya, por haber compartido intimidades. Lo que se cuenta es libre.

-Hola, sólo quería decirte que llegaré tarde a comer.

– Muy bien. No tengas problema. ¿Te espero entonces?

– Como tu prefieras, no me retrasaré más de media hora.

– Te espero entonces. Perdona, pero estoy ocupada tengo una clienta aquí delante. Hasta luego

– No te preocupes. Adiós amor.

Lola colgó el teléfono mirando al cielo, como quien deja caer una losa. Había acabado acostumbrándose a las llamadas de control: todos los días, a diferentes horas, con diferentes escusas, siempre al teléfono fijo de la oficina. Eran demasiados años.

Cuando abrió la puerta del piso, Alfonso ya estaba allí.

-¿No me habías dicho que llegarías más tarde? ¿Qué ha pasado al final? – No era más que una pregunta de rutina. No esperaba respuesta. Sabía perfectamente que cuando llegara a casa él ya estaría esperándola. El aviso de retraso era un burdo truco en el que ella nunca había picado. No lo necesitaba.

– He podido acabar antes, me moría de ganas de verte.- Alfonso la retuvo en la entrada, la rodeó con sus brazos y recorrió su pelo, sus mejillas, su cuello, su pecho, olisqueándola, como perro que reconoce  a su presa, buscando un resto de olor que no fuera el de ella, que le resultara extraño, asegurando su propiedad.

-Anda quita empalagoso -lo apartó empujándolo como si soltara el abrazo de un niño- voy a cambiarme y a calentar la comida o nos darán las tantas para comer. ¿Pones la mesa?

Mientras Lola trajinaba en la cocina, Alfonso aprovechó para completar su ritual cotidiano: rebusco en el bolso, fisgó las llamadas y mensajes del teléfono y registró los bolsillos del abrigo. Nada de qué preocuparse. Todo en orden.

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