VENCIDO

VEncido2

La noche ha sido larga. Solo la madrugada consigue aliviar el mal cuerpo que le dejan las pesadillas y el sueño intermitente de la guardia.

Pegado a la ventana, pese a la niebla, les ve llegar. Se queda petrificado durante unos segundos, no puede calcular cuántos. El corazón le bombea loco, como buscando un hueco por el que escapar. Afuera escucha ruidos, voces que se mezclan con el ronquido de los motores de los camiones que han tomado la calle.

-¡Ah, no!, a mí no me pillan, ¡esta vez no!  es lo único que acierta a decir mientras se pregunta, por qué han vuelto, por qué ahora. Sus demonios nunca han dejado de andar sueltos, pero ahora los tiene ahí de nuevo, vienen a por él.  Si lo cogen, esta vez no vivirá para contarlo. Nadie se libra dos veces de su ejecución a manos del mismo enemigo.

Se vistió como pudo, como le dejaron sus piernas maltrechas, las heridas no habían curado todavía; sin tiempo para coger nada que no fuera un arma con la que defenderse. Dio la voz de alarma a voz en grito, debía despertar a los que, a esas horas, todavía dormían.

-¡El ejército! ¡Huid! ¡Nos están rodeando! ¡Disparad a matar!.

Maldijo sus heridas mal curadas y corrió sosteniéndose en el arma que portaba,  apoyando la espalda en la pared, sujetándose en ella y evitando que su propia sombra le delatara. Esquivó los huecos de las ventanas echándose al suelo. Se asomó y lanzó una mirada hacia afuera: los vio ahí dispuestos al ataque. Estaban rociándolo todo para prenderles fuego y hacerlos salir o quemarlos vivos dentro.  El ruido crecía, se acercaba a él. Podía escuchar sus botas, sus pisadas, sus órdenes, el metal de sus armas. Esquivó todos los obstáculos y consiguió salir a campo abierto.

Corrió hasta que lo frenó la alambrada, en su estado no podría saltarla, sin que lo descubrieran, no a pleno día. Si quería sobrevivir, su única opción era esconderse. ¡Otra vez! ¿Cuándo acabará esto?  Se puso a cubierto tras unos matojos en los que vio su última esperanza de que no lo encontraran. Las nubes le robaron el sentido del tiempo. Tendría que esperar hasta la noche para salir. No podía arriesgarse a dejarse ver.

-¡Ramon!, ¡Ramóoooooon.

Escuchó gritar su nombre. No contestó, era una trampa. Le buscaban a él, ya no albergaba ninguna duda.  Como pudo controló la tiritona que le sacudía todo el cuerpo. No llevaba nada de abrigo. En la boca un “hijos de puta”, convertido en letanía.

La empleada encontró la habitación desordenada, la cama vacía, las sabanas revueltas.  No estaba Ramón. Tampoco su andador. Le buscó sin éxito por toda la planta y en los espacios comunes, ahora cerrados por la cuarentena. Avisó al director de la Residencia: “Ramón no está en la habitación, le han escuchado gritar, pero no lo encontramos”

“No puede haber ido lejos, la verja de la calle está cerrada”.

El destacamento de soldados en labores de limpieza y desinfección del centro buscó en el jardín.

Un ¡me rindo! desesperado, con los brazos en alto, fue lo único que acertó a decir mientras dos soldados como dos picas le sacaban, aterido de frio, de una enorme jardinera repleta de margaritas.  ¡Vamos abuelo, que va a coger una pulmonia!

Cabizbajo, dejándose llevar, supo que esta vez había llegado su hora.

 

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