
Recorro las páginas de “La palabra heredada”, de Eudora Wellty, una autora estadounidense a la que acabo de conocer. Releo de nuevo los textos que subrayé en la primera lectura. Se trata de una especie de memoria familiar a partir de la cual, la autora reflexiona sobre su propia experiencia como escritora.
En un momento dado, la autora escribe sobre el “libro de recordatorios” de su padre, que ella solo lee cuando él ya ha fallecido. En el libro encuentra el mensaje que su abuela escribe para su padre y que firma el mismo día de su muerte: “Queridisimo Webbie: quiero que seas un buen chico y que te reúnas conmigo en el cielo. Tu madre amantísima que te quiere”. El niño tenía siete años. A ese mensaje le siguen otros que diferentes personas le han ido dedicando al niño a lo largo de su infancia y juventud. “Que tu vida, aún corta, sea agradable, como un día cálido y dulce” firma un tal Dr. Amstrong. El librito en cuestión tiene como objeto acompañar la peripecia vital de su destinatario. Después será el padre de la autora, Christian Webb Welty, quien guarde su librito de tapas rojas y escriba sus propios recordatorios, hasta el final de su vida.
Hubo un tiempo, en que era habitual “llevar” un diario personal. Como un libro de cuentas en el que se anota sistemáticamente debes y haberes, ganancias y pérdidas. Posiblemente era algo muy de adolescentes y muy de chicas. Quizás, muchos de esos diarios no pasaron de unas líneas, de un párrafo, o de unas cuantas páginas, pero ahí estaba el bendito diario, como testigo mudo y lento de la vida que fluía.
El librito en cuestión, se presentaba generalmente en una caja de cartón fuerte, con su cerradura y una llave diminuta, destinada garantizar que nadie pudiera acceder, sin autorización previa, a los valiosos secretos allí depositados “oro en paño”. Escribíamos lo que no nos atrevíamos a decir, lo que nos ocurría, o simplemente lo que se nos pasaba por la cabeza en cada momento. Genera curiosidad saber cuántas/os seguirían escribiendo su diario a través de los años, durante cuánto tiempo, y dónde habrán acabado esos libritos que podrían matar de vergüenza y/o de risa, quizás de añoranza al leerlos de nuevo.
El ser humano necesita encontrar su huella detrás de su pisada. La diminuta silueta impresa del pie del recién nacido, junto al trocito de cordón umbilical, ya es una declaración de intenciones. Reconocer nuestras huellas y las de los otros junto a las nuestras. Guardar cuatro fotografías que den fe de nuestro paso.
Sería bonito contar con ese libro de recordatorios. Según qué momentos, podría ser brújula, o vela, o viento, o impulso, o solo descanso y bálsamo para las heridas y los pies cansados. ¿Qué mensajes encontraríamos escritos en nuestro libro de recordatorios? ¿Quién habría escrito en él dedicándonos su tiempo y sus mejores deseos? ¿De qué nos hablarían? ¿Qué desearían para nosotros?
Si le preguntáramos al libro de recordatorios, ¿Qué te diría el niño que fuiste? Quiero pensar que la respuesta sería: “No lo has hecho del todo mal. Has hecho como has sabido. Deja de fustigarte”.
“Crecer constituye una lucha, envejecer supone desprenderse de algo después de haberlo poseído”.
“Las emociones no envejecen”.
“Ir a algún lugar ‘a campo traviesa’ te proporciona el conocimiento de todo el recorrido, a la ida y a la vuelta”.
“Para la memoria nunca nada se pierde realmente”
Texto inspirado en: “La palabra heredada”. Eudora Welty. Impedimenta. 2012. 188 pags.
¿Seguís escribiendo / Guardando un diario?

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