MATERNIDAD

parto

Con la primera contracción, Soledad, mandó aviso a su hermana. Una vivía en el primer rellano y la otra en el tercero. Una a la derecha, la otra a la izquierda. Vinieron juntas del pueblo, y tuvieron la suerte de comprar piso en la misma finca, todavía en construcción, en una periferia que crecía como si quisiera engullir toda la ciudad.  Dejaron a los chicos organizados, los mayores se harían cargo de los pequeños hasta la vuelta, y llamaron al taxista que tenían apalabrado. Soledad hubiera querido tener a su marido al lado, como con los anteriores, pero tenían la suerte de que a los maridos no les faltara trabajo en la contrata de las autopistas, aunque eso supusiera que pasaran toda la semana fuera. Ellas se apañaban bien con la casa y los hijos. Estaban juntas.

     -No sé por qué te hice caso Adela, con lo bien que podríamos estar en la casa, como con los anteriores, llamamos a la comadrona, y nos hubiéramos apañado bien. Como la cosa se alargue, la clínica nos va a costar la torta un pan – Soledad rezongaba mientras se removía entre las sábanas, buscando un acomodo para una barriga que había crecido de forma exagerada desde que quedó preñada, mientras repasaba mentalmente el presupuesto que le dieron en la última visita.

     – Qué pesada eres Soledad. Nos hemos venido a la clínica, porque vas por el sexto, y el tocólogo dijo, que era preferible que parieras en un hospital por si surgía alguna complicación, que con el Alberto ya nos diste buen susto. El cuerpo ya no lo tienes igual, y está lo de la tensión y la diabetes. Alguna ventaja tiene que tener que ya no vivamos en el pueblo. Y además tu marido, el pobre, se quedaba más tranquilo sabiéndote bien atendida. Que mira que es mala pata que la luna llena haya caído entre semana, por dos días más les pilla a ellos en casa.

     – Ya veremos cuando os podemos devolver el dinero. La clínica por económica que sea, barata no es. Limpia, y con monjas, pero barata no es, por muy precio económico que nos hagan por familia numerosa.

Adela levantó el brazo moviéndolo en el aire, como si quisiera espantar de un golpe las preocupaciones de su hermana.

     – Lo que tenéis que hacer es parar ya, que con seis vais más que bien, y tú todavía estás en edad. Os lo tendríais que tomar en serio Soledad, no puedes seguir teniendo hijos.

     – Eso quisiera yo Adela. Tú ya sabes cómo es Rafael, que cuando tiene ganas no hay quién lo pare. Toda la semana fuera de casa y cuando vuelve llega desesperado. No le valen cuentas, ni método, ni marcha atrás, ni excusas. Que no pasa nada, que no tiene por qué ser dice. Yo ya no tengo edad para más. Ni edad ni ganas, pero a ver quién lo convence a él.

Las palabras quedaron en el aire. Y Adela aprovechó para mirar por el hueco que se abría al pasillo y escudriñar a la pareja que paseaba plácidamente por él.

    -La señora que ha ingresado también esta noche, parece que vaya a pegar un reventón de un momento a otro. Vaya barriga mal hecha. ¡Hala! de cara está estupenda, igual va para largo la cosa. No creo que sea el primero, esa es más vieja que tú. ¡Por lo menos tiene al marido al lado!

La conversación la interrumpió la entrada de la comadrona, una monja gruesa, con cara de pocos amigos, que sin apenas mediar palabra levantó las sábanas con las que se cubría Soledad y empezó a explorarla. “Señora, si no acaba de dilatar, tendremos que bajarla al paritorio y sacarlo. No es bueno que el niño sufra. Viene de nalgas. Puede complicarse el parto”.

Adela siguió con la mirada a la comadrona, que se encaró con la pareja que paseaba el pasillo. No pudo escuchar lo que les decía sin variar la cara de desagrado. “Hagan el favor de entrar a su cuarto. No es necesario que se dejen ver tanto”.

A los señores de Arteaga, alguien de la clínica les ha llamado hace un par de horas. “Vengan ya, será hoy, todo está preparado”.  Teresa lleva meses simulando su embarazo. Hace días que preparó la canastilla con lacitos azules. Para todos se trata de una preñez tardía, casi milagrosa. Toda la vida buscando el fruto del matrimonio, y le llega cuando había perdido casi toda esperanza. ¡Un milagro!

El niño estará sano, será suyo desde el mismo nacimiento, aliviarán el sufrimiento de un pobre matrimonio incapaz de sostener a tanto hijo, menos aún de darles una educación cristiana. Se harán cargo de los gastos de la clínica y darán un dinero para compensarles. Eso al menos es lo que les han dicho a ellos.

Se han acelerado las contracciones. Soledad está en el paritorio, sudorosa, dolorida y asustada. “Algo va mal”, escucha repetir al hombre de la bata blanca que se sitúa frente a ella, “no noto el pulso del niño”. “Señora no deje de empujar, haga el esfuerzo”. “Vayan preparándose para reanimar al niño”, escucha. Ve la cara de preocupación de los que la rodean y la complicidad con la que le atienden. Se miran entre ellos, como lo hacen siempre que representan la misma pantomima. La han representado tantas veces que tienen la certeza de que nada puede fallar.  Ella no se da cuenta de nada y sigue empujando, casi sin fuerzas.  El niño ha salido. Pero no llora. Alguien lo coge y se lo lleva rápido.  Soledad agotada deja caer la espalda sobre las sabanas, aguarda el llanto, que alguien le ponga encima a su niño, pero no llegan.

Adela espera afuera.

La criatura no ha resistido el parto. No suele pasar, pero estas cosas a veces pasan. Se ha quedado sin oxígeno antes de que lo pudieran sacar, ha dado la vuelta en el último momento, se ha ahogado… y más explicaciones médicas y un mar de palabras que no acaban de entender. Eso les han dicho a ellas.  Bajan al depósito y ven al niño tan quieto, tan callado, tan azulito, tan frio. La clínica se ofrece para dar tierra al cuerpecito. Todo sea por ayudarles y mitigar su dolor.

Una pareja sale de la clínica, llevando en su canastilla con lazos azules, su niño milagro.

La comadrona realiza las curas de Soledad, sin un gesto de consuelo. “No estaba de Dios, un angelito para el cielo”, le dice.  Tras su cara de amargura, la monja disfruta la íntima satisfacción de haber contribuido a la salvación de otro pequeño.

Soledad carga en su canastilla la culpa inmensa por no haber deseado suficiente a su niño. Adela llora.

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