EL ADIOS DE LA BEGUINA

Beguinas1

Hace ya unos años, una noticia en la prensa, me descubrió una  realidad que desconocía por completo: la historia de las beguinas.  La noticia despertó mi curiosidad,  aunque fuera de la wikipedia, no fue fácil encontrar información.    

Las beguinas lo tenían todo para que la historia las invisibilizara: eran mujeres, autónomas, transgredían la norma social impuesta: casada, monja o puta, transitaban las artes, no admitían autoridad externa,   vivían en  comunidad, eran cultas y respetadas por su servicio y se atrevían a cuestionar. 

De ellas, quedan los beguinajes hoy declarados Patrimonio de la Humanidad, que se han mantenido en el tiempo entre ellos los de Gante, Brujas y Lovaina.

A partir de las lecturas, y de la figura de Margarita Porete escribí este relato.

Si os interesa el tema, al final, podéis encontrar más información y algunas fotografías de los beguinajes de Gante y Brujas.


 

“El trabajo, el estudio y la oración ocupaban nuestros días y nos colmaban de más felicidad que cualquier mujer de la zona pudiera alcanzar en su matrimonio sirviendo a sus padres o consagrando su alma en un monasterio.  Los vecinos de las aldeas cercanas apreciaban nuestra presencia, pues siempre estábamos dispuestas a ayudar ante cualquier necesidad y a dar los consejos que nos solicitaban. Nos acogían  como una riqueza para ellos, pues nada pedíamos y todo dábamos como entre hermanos es natural”.

“Juntas compartíamos de forma apacible las humildes casas que se agrupaban en torno a la capilla, el taller, la cocina y la biblioteca del beguinaje.  Nuestras puertas estaban siempre abiertas, y sólo se cerraba el portalón del muro al caer la noche, para evitar posibles tentaciones de extranjeros y maleantes  que iban camino del Norte en busca del Canal”.

Sentíamos la presencia de Margarita como un regalo constante de la providencia, pues su conocimiento y su espiritualidad nos arrastraba con ella a la perfección de las virtudes y a una vida colmada de espiritualidad.

Pero lo que en nuestro pequeño beguinaje vivimos como una bendición durante tantos años, devino en la mayor de las tristezas para nuestra comunidad. La Inquisición fijó rápidamente su mirada en Margarita. No estaban dispuestos a tolerar los escritos teológicos  de una beguina en una lengua vulgar.  Por ello asistimos con miedo a aquel juicio en el que sabíamos, Margarita sería condenada y nosotras perderíamos la mitad de nuestra alma:

– Margarita Poret, son graves las acusaciones que la inquisición tiene contra vos. Sois consciente de la pena que se os aplicará si persistir en vuestro error. ¿Os retractáis de vuestras faltas y renunciáis a mantener los planteamientos heréticos contenidos en vuestros escritos? – Enunció pomposo Fray Guillermo con ánimo de impresionar a los allí presentes. Los profundos ojos azules de Margarita se posaron serenos en el inquisidor.

– Decís que mis escritos contienen tesis malsonantes ¿malsonantes para quién? ¿para vuestros oídos obtusos que niegan que el pueblo tenga derecho a saber de la palabra de Dios en su propia lengua?. ¿Qué condenáis? ¿mis palabras? ¿o a la mujer?. ¿Condenáis que no me esclavice un hábito?.  Me acusáis de reincidente y pertinaz en la herejía ¿pero acaso pensáis que el alma que ha alcanzado la revelación de Dios puede renegar del encuentro con la divinidad?.  Decidme ¿qué os incomoda más?. No soy hereje pues creo en Dios uno y trino, en el perdón de los pecados, y en la misericordia eterna.  Más si me preguntáis por la Iglesia a la que vivo como madre y hermana, no rechazaré que afirmo que el hombre no necesita de intermediarios para llegar a Dios pues la magnificencia y bondad de este, es suficiente para abrasar el alma y tomarla entera para si.

– ¿Acaso mantenéis que la fe no precisa de la intermediación de la Santa madre Iglesia?”

– Teólogos y otros clérigos no tendréis el entendimiento por claro que sea vuestro ingenio, a no ser que procedáis humildemente y que amor y fe juntas os hagan superar la razón, pues son ellas las damas de la casa.

-¡Hereje! -Fray Guillermo escupió ira mientras buscaba el aplauso en la mirada del obispo.

Lejos de amedrentarse, Margarita recorriendo con su mirada azul la bancada en la que se ubicaban los clérigos, replicó con el mismo aplomo que había mantenido durante todo el juicio inquisitorial:

– Pues si como Fray Guillermo afirma  herejía es el propio amor a Dios, ¡hereje soy!  y pido no se prolongue más este proceso. Mis hermanas precisan marchar al beguinaje para atender sus tareas, y yo no deseo continuar esta farsa. -El silencio se hizo en la sala. La hoguera era segura.

La noche cayó  en París aquel 30 de mayo de 1310. Margarita agotaba sus últimas horas de vida.

– El Obispo y los clérigos guardan la vana esperanza de que ante la hoguera me derrumbe y  entre sollozos suplique clemencia. Nada de eso tengo previsto.  He sido feliz y doy mi condena por pago, aunque esta sólo sea fruto de la maledicencia y la mentira de los hombres de Iglesia.  Libre he sido y por voluntad propia marcho pues la hoguera es la consecuencia cierta del camino que he seguido. No tengo cuentas pendientes, he recibido tanto o más que he entregado. No he deseado más de lo vivido, salvo mayor clarividencia. He procurado amar como he sido amada.  Nada he atesorado que no pueda dejar. Sólo el amor de las hermanas es la cuerda que me ata a la vida. Pido a Dios que el cariño no me anegue los ojos cuando me despida de ellas. – Las lágrimas anegaron a Margarita mientras se envolvía en una manta.

A la mañana siguiente, Margarita se despidió  de cada una de nosotras, como lo hacia cada vez que debía abandonar el beguinaje para ir a una de sus catequesis o a atender a los enfermos que reclamaban sus cuidados. Pero ese día su abrazo fue más profundo y más cálido, desprendía la ternura y el sentimiento por la pérdida que sabía inminente.  Se impuso no dejar escapar las lágrimas que sabíamos  se le agolpaban, haciendo más hermosos sus profundos ojos azules. Todas nos esforzamos en acompañar a Margarita en su fortaleza, volcando en el silencio y en el abrazo todos los sentimientos que durante años habíamos compartido. En el abrazo largo y sereno fuimos más hermanas que nunca.

Se escuchaban las campanas de las iglesias cercanas que llamaban a maitines al tiempo que acompañaban el amanecer.  Nosotras seguíamos la comitiva.

Desde la esquina llegaba el rumor de la muchedumbre que se congregaba para asistir al ajusticiamiento. Un silencio respetuoso y misericorde se hizo al entrar Margarita en la plaza, acompañada por dos soldados, no hacían falta  más para una mujer que iba a morir con fama de santa.

Cuando todo estuvo a punto, escuchamos a Margarita entonar unos versos:

“Al noble amor / me he dado por completo / pierda o gane / todo es suyo en cualquier caso. / ¿Qué me ha sucedido / que ya no estoy en mí? / Sorbió la sustancia de mi mente. / Mas su naturaleza me asegura / que las penas del amor son un tesoro”.

Las llamas se alzaron rápidamente y prendieron los versos.

 

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