
Londres. Apenas un segundo para entrar en directo.
La prensa española envía a cubrir la noticia a sus reporteros más avezados. Los detalles son importantes. La noticia promete. El morbo vende.
La esposa del presidente del gobierno finalmente ha asistido a la ceremonia de graduación de su hija. El juez instructor de su causa (¿perdida?), pese a sus reticencias, cedió, libró el pasaporte, autorizó el viaje.
Pero la señora ha desaparecido. Para ser más exactos, se ha fugado, sin más explicación que un “au revoir” o despedida a la francesa, un si te he visto no me acuerdo en castellano. Se sospecha que su servicio de seguridad ha facilitado la huida. Más en concreto, se sospecha que lo hizo una de sus guardaespaldas con la que quizás pudiera mantener una relación «especial».
La esposa del presidente habría esquivado todos los controles escapando vestida con la toga y el birrete de una alumna a la que encontraron atada y amordazada en uno de los baños. Previamente la fugada también habría golpeado al rector, al pelota de turno y al señor responsable del catering: los canapés sabían a cieno del Támesis. Una lancha rápida habría desplazado a la señora hasta un aeropuerto cercano donde previsiblemente tomó un vuelo charter a algún país sin acuerdo de extradición con España. Se sospecha que en la huida han podido colaborar los servicios secretos rusos y también los de Zimbabue. El servicio secreto español seguiría a verlas venir.
La hija, recién graduada, manifiesta sorpresa, tristeza y alegría a partes iguales ante el giro inesperado e indeseado de los acontecimientos.
El juez, entrevistado a la puerta de los juzgados, apenas ha llegado a decir «yo ya avisé», “mi gozo en un pozo”.
El presidente del gobierno, cariacontecido, ha declarado nuevamente, pero con más vehemencia si cabe, que está profundamente enamorado de su mujer.
El país en un ¡ay!

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