
Viajar es aprender, descubrir, encontrar… sin que sea necesario marchar a territorios ignotos para disfrutar de los beneficios del viaje. A veces sirve un simple desplazamiento en tren de Cercanías si somos capaces de despejar ojos y dedos de nuestro móvil. Vale con subirse al Cercanías Xàtiva-Valencia.
Ida. Origen Xàtiva.
Por megafonía nos avisan de una nueva incidencia en un servicio que pierde la confianza de los usuarios a marchas forzadas, incidencia a incidencia, retraso a retraso, amontonamiento a amontonamiento: hoy toca robo de cable entre las estaciones de Almussafes-Silla, intentan solucionarlo, podemos sufrir retrasos, avisados quedamos. Arrancamos puntuales.
Es media mañana, el tren no va lleno. En los asientos vecinos se acomodan tres mujeres que viajan juntas, impolutas, impecables, elegantes. Son dos chicas de no más de treinta años y una señora en torno a la sesentena. Intuyo que madre e hijas.
Las vecinas de vagón mantienen una más que animada conversación. Las jóvenes han ido al gimnasio esta mañana. Hablan de los ejercicios con sus nombres técnicos en inglés que, por como suenan, deben de ser lo más parecido a una maratón condensada o a la escalada del Everest. Entre crossfit, fitness y términos acabados en -ing deslizan sus esperanzas de moldear sus cuerpos como los que muestran sus redes sociales.
La charla se adentra por los vericuetos del mundo de los tratamientos estéticos. A la que parece más joven, no le gustan ni la nariz ni los dientes de su novio. La pareja ha hablado de ello y ha pedido varios presupuestos para arreglar esos pequeños defectos. Demasiado caro el invisalign. Lo otro se puede arreglar con botox. Ella lo tiene claro, pero él se resiste. Pienso si no sería más fácil cambiar de novio. Si tuviese dinero ella también se lo arreglaría todo: tetas, culo, párpados, nariz, pómulos, el cuerpo entero. Según la chica lo tiene todo para arreglar, está gorda, no le gusta su cuerpo. Miro de soslayo por si soy capaz de ver alguno de los defectos que señala. Oyendo a la mujer cabría esperar la visión de lo más parecido a un adefesio. No es el caso. El problema está en el dinero. “Si tuviera dinero…” es la frase que repite. Si tuviese dinero se recauchutaba entera (el palabro lo pongo yo). Sigue la conversación hasta Valencia para desgracia de todas las mujeres que el trio trae a la misma: desde su estética mirada, todas sufren alguna tara física, o varias. De moda también saben, marcas y marcas, fotos y fotos. No entienden como la IA (inteligencia artificial) no es suficiente lista para saber cómo quieren el acabado de las fotos. Si tuvieran dinero…
Por megafonía anuncian que Cercanías ya ha solucionado la incidencia: esta vez fue robo de cable. Los huertos de naranjos, de un verde frondoso, saludan al tren a su paso. Naves medio abandonadas jalonan el trayecto cubiertas de uralita. ¿Quién descontaminará tanta techumbre? Obras en torno a las vías. Setenta minutos de viaje, veinte más que hace unos años.
Vuelta. Origen Valencia
Las pantallas de la Estación del Norte, indican la vía de salida del tren apenas unos minutos antes de la misma. La marabunta nos movemos a paso ligero en dirección a las vías, competimos por alcanzar un asiento libre. Corremos. Misión imposible, el tren va atiborrado. La antigua costumbre de ceder el asiento a mayores, mujeres embarazadas y discapacitados (dígase diversos funcionales) ha desaparecido, como despareció la asignatura de urbanidad. Sólo un joven de apariencia magrebí ofrece su asiento, el resto a lo suyo, después dirán que los nuestros son más educados. Como pistoleros en las películas del lejano oeste todo el personal desenfunda sus aparatos telefónicos. Ya nadie lee en el tren. Unos asientos atrás un señor escucha la SER a todo volumen. Más adelante una señora habla por teléfono como si necesitara que todos sepamos de las cuitas (no pequeñas) que mantiene con su hermana, parece ser.
Se produce un conato de bronca. Un “cuidado con el niño”, un “a mi mujer no tienes por qué hablarle”, un “me has mirado mal, a mi mujer no la miras”, un “si quieres bajamos en la próxima estación y te lo digo más claro”. Agobio, calor y demasiada testosterona. Si se pegan, cobramos todos, por cercanía.
El tren va lleno hasta los topes, no desagua en las estaciones más cercanas a Valencia. Por ley el ganado en los camiones de transporte disfruta de más espacio que los usuarios de Cercanías. Por megafonía nos piden ahora que no subamos los pies a los asientos, cosa harto improbable cuando resulta imposible encontrar un hueco en el que depositar los pies sin que nos los pisen.
Llegada a destino.
Ida y vuelta en tren en la que cabe una infinidad de caras, de olores, de sonidos, de historias, en la que cabe la vida y el mundo. Vivan las Cercanías.

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