

El pequeño salta y las puntitas de sus dedos se aferran por unos segundos al borde del mostrador.
–¿Y tú que quieres? –pregunta la mujer con bata blanca.
–Un chambit de mantecao. –En Ca Pana, así es como se ha nombrado siempre, mantecao se pronuncia igual en todos los idiomas.
Hipnotizados seguimos la mano que saca de la heladera el cremoso tesoro blanco. Una pasada de paleta, otra, otra, hasta que sobre el cono de oblea o de barquillo se perfila una cúspide helada, como de monte Kilimanjaro.
¡Hala, paga tú!, y las monedas pasan de una mano a otra; espacio privilegiado para que los pequeños empiecen a socializar su incipiente capitalismo. Y el brazo se estira para alcanzar de nuevo el mostrador, esta vez, para dejar las monedas.
–¿Qué se dice?
–Gràcies.
Al instante llegan los lametones, suaves, para que dure un poco más. ¡A ver quién acaba el último! Y la tentación del mordisquito en la punta del cucurucho, y sorber por el extremo el helado que se deshace y corre a escaparse derretido por la fisura recién perpetrada. ¡Que te está chorreando! Gira el cucurucho, vuelta tras vuelta, con deleite, para que la crema desaparezca sin perder su forma cónica hasta el final, hasta que sólo quede un cráter de galleta. Solo entonces llegarán los mordiscos definitivos, y el deseo de más. ¿Ya te lo has terminado?
La escena se convierte en una enorme magdalena de Proust en la que cabemos todos los que esperamos turno frente al mismo mostrador, en la que cabe un pueblo y un ritual repetido generación tras generación. Helados Pana, desde 1925. El tiempo se difumina y confunde pasado y presente, quizás también futuro. La tía Inés, el tío Claudio y sus hijos tras el mostrador (antes hubo un primer Claudio, al que yo no conocí). De él, además de los helados, quedan los apodos de dos sagas familiares: los Pana y los Paneta), después Claudio y Mila y Rafa y Dora (ya no los llamo tíos, porque son solo un poco mayores que yo) ahora sus hijos…
Los dos sempiternos mostradores en la pequeña tienda, enfrente una mesa metálica y tres sillas pegadas a la pared, por si se tercia hacer tiempo o descansar la espera. En invierno el protagonista es el mostrador de la entrada, las chucherías: caramelos, gominolas, jamones, chupachups, pipas, kikos, gusanitos de todos los tamaños, puros de brea… (los rojos los mejores). En verano, el del fondo, mandan los helados. Entre los dos mostradores los estantes para revistas y tebeos. Mis primeros Mortadelo y Filemón, Carpanta, la Rue del Percebe, Esther, Zipi y Zape, el guerrero del antifaz y Kid, el pequeño luchador. Los jueves llegan las novedades.
Seis pesetas, quince, veinte, cincuenta, cien: la paga semanal se acaba quedando entre esas cuatro paredes con la puerta siempre abierta. Llega el euro, pero no cambia la dinámica.
–¿Qué vale esto?, ¿y eso?, ¿y lo otro? –preguntamos ante la mirada impaciente de la tía Inés, después será la guasa de Dora y después la parsimonia de Alicia, hasta que el presupuesto se adecue al dulce objeto de deseo. Seis caramelos de nata una peseta.
Martes y sábado saldrá el carro de los helados al mercado, con sus ruedas de madera y su toldillo rojo con letras blancas, con sus alforjas heladas. Todos sabemos dónde encontrarlo, en medio del barullo, de frutas y verduras, de tenderetes de ropa, de bolsas cargadas y conversaciones improvisadas. ¡Uy que sofoco!, ponme un aiguallimó (porque en el pueblo no existe el granizado, solo el aiguallimó, el aiguacivà y menos la horchata). La Vespa con el cuadrado sidecar heladera hace tiempo que no sale en las tardes de modorra y calina. Hace años que ningún Pana rompe la siesta con su grito de guerra helada: “Gelaaaaaaaaaaat…”
Anem a Ca Pana? La plaza de la Trinidad siempre viene de paso, testigo feliz de casi todo los que acontece en el pueblo. Llega el verano, y trae las fiestas. Desfiles y procesiones, Moros y Cristianos arriba y abajo, trabucazos, triunfa la mentireta, diabólica mezcla de agua limón y café de Alcoi, engañosa como su nombre. Suelta de vaquillas, se coloca la barrera en la puerta de la tienda y más de uno acaba sorprendido por la vaca desbocada con un cucurucho en la mano. Cenas y comidas en la calle, largas sobremesas. Venga, ¡os invito a un helado! Y los críos corren a Ca Pana, y a los mayores se nos hace la boca agua, se nos esponja el alma y una memoria que confunde helado y nostalgia.
Dicen que Pana cierra, Rafa y Dora se jubilan. Eso habrá que votarlo ¿cómo nos van a dejar sin mantecao si ni Mata-Hari consiguió la fórmula? Y donde unos dicen mantecao otros pensamos en fiesta, en tradición, en ritual en familia, en memoria. Solución salomónica, Rafa, el pequeño, se hace cargo del negocio, cierra en invierno, solo helado por encargo, cada quince días. Pero cuando llega el buen tiempo, ¿cuándo?, no hay fecha fija. ¿Cuándo? para Semana Santa, cuando apetezca salir a dar un paseo porque los días alargan. Corre con jolgorio la noticia por las redes: ¡el viernes abre Pana! Y se celebra como una fiesta, como si el amigo que estaba lejos regresara. Y se inaugura una nueva tradición: el primer mantecao de temporada.
Y el helado sabe a memoria y la memoria a helado, y a esperanza. El más pequeño de la casa salta y por unos segundos aferra sus deditos al mostrador, y con él todos nosotros.
Escribí este relato para presentarlo a un concurso que versaba sobre las cosas que nunca cambian, que se mantienen en el tiempo. No gané, pero disfruté escribiendo. Sirva como homenaje a la familia Pana. (Helados Pana. Castalla)
Marzo 2026.

Efectivamente, hay cosas que nunca cambian, quedan impactadamente grabadas en nuestra memoria.
Y pese al paso del tiempo, siempre las recuerdas como si fueran el primer día, pese a los muchos años transcurridos y lo mucho qué nos haya cambiado el tiempo.
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Aunque sean cosas en apariencia mínimas…
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