TIEMPO Y LUGAR

78101B95-4A7D-447E-81AB-423980C39CB4.jpegEl tiempo no siempre lo pone todo en su lugar. Porque los lugares cambian, y ni el tiempo con todo su poderío, es capaz de recomponer lo que se ha roto.  Y Carmen se descompuso cuando un señor embutido en una bata blanca, que miraba fijamente la pantalla del ordenador y parecía agazaparse tras un montón de carpetas en las que figuraban nombres en letras grandes rojas y mayúsculas, le comunicó, de la forma más cálida y profesional posible, que el cáncer había entrado en su vida, y llegaba para quedarse. Fue lo que ella tradujo al escuchar la palabra metástasis. ¡Buena manera de empezar la jubilación!

El especialista, les informó de los resultados, del proceso a seguir, de los tratamientos posibles, de las previsiones, de las próximas citas médicas, del sin fin de investigaciones que se realizan en la materia, sin percibir parpadeo alguno por parte de Carmen. Manolo a su lado, miraba al suelo con aprensión, pensando que en cualquier momento se abriría un agujero en el terrazo y se lo acabaría tragando.  La buena noticia: un cáncer poco frecuente, lento en su evolución, que con el tratamiento adecuado conviviría con ella una larga temporada.

– ¿Cuánto tiempo?

– No sé. Eso no se puede saber.

Lejos de su costumbre, que solía ser tomárselo todo a la tremenda y exagerar hasta el extremo cualquier emoción, a Carmen, la noticia la dejó muda.  Ella no era de medias tintas, si reía, reía, y si lloraba, lloraba, y además procuraba que se notara. Negó con la cabeza, con el mismo gesto que emplearía para negar que le sirvieran más vino, a la pregunta de si precisaba alguna aclaración más.  Cuando el médico abrió los brazos en señal de “hasta aquí llego” o “podéis ir en paz”, porque el gesto le pareció el mismo, Carmen dio la grácias, se colgó el bolso, y salió de la consulta. Manolo la siguió.

– ¿Vamos a casa? – le preguntó Manolo evitando mirarla a la cara. A Manolo nunca le gustó que le vieran llorar en público. No era él de natural llorón, y si lo era, Carmen no le había conocido episodios lacrimógenos más allá de las emociones de los nacimientos de los hijos, su propia boda, o los entierros de sus padres. Y claro está por algún dolor físico repentino o algún disgusto mal digerido.

– De a casa nada, ¡nos vamos al notario!, y hoy yo no hago comida. comemos fuera.

El día finalizó con Manolo en la cama, con una indisposición que le duró un par de días en los que arrastró su malestar entre la cama, el sofá y la cocina, en lo que Carmen quiso entender como una expresión de solidaridad marital en el difícil trance que atravesaba ella.

Recuperado Manolo de la indisposición, Carmen, decidió, tal como le había recomendado su oncólogo, coger el toro por los cuernos: el domingo, tras la paella, darían la noticia a los hijos.

– ¿Cómo se lo vamos a decir a los chicos? Manolo poco ducho en habilidades sociales, y en la gestión de asuntos domésticos, temía ese momento, no por sus hijos, a los que consideraba suficientemente maduros, sino por el miedo a romperse él mismo, a no estar a la altura, a tener que reconocer que no sabía cómo manejar el nudo que llevaba agarrado en la garganta desde hacía días.

– Pues ¿cómo se lo vamos a decir?, ¿qué pregunta es esa? como se dicen las cosas, de frente y sin tapujos, que ya no son críos. ¡Manolo qué blando de pones!

Todo resultó según lo previsto: primero bronca, ¿cómo no nos lo habéis dicho antes?, después lágrimas, y para finalizar un amontonamiento de riñas, recomendaciones, consejos, preguntas, propuestas, promesas… ¿De qué se iba a quejar si a sus hijos los había educado ella?

– No te preocupes mamá, tú ahora sólo tienes que cuidarte, disfrutar de tus nietos, aprovechar para hacer cosas con papá. Fundamental que no te estreses, tienes que empezar a hacer algo de ejercicio, a ti el yoga te vendría muy bien. La alimentación es clave, vamos a ir a la dietista para que te de una dieta sana. Esto lo vamos a superar juntos. No dejes de hacer nada de lo que te guste. Estamos para lo que necesites. Lo importante es la actitud…

Lo siguiente: informar a familiares y amigos. Carmen no estaba dispuesta a quedarse aquello para ella sola, ¡un cáncer no es cualquier cosa! Nunca se había escondido de nada, y no era ahora el momento de ir con disimulos, y menos aún de no llevar ella la iniciativa.

Pero en esta ocasión, encontró división de opiniones: silencios y ausencias donde esperaba amistad y consuelo; abrazos donde creía que sólo había distancias; calor y ánimo en muchos, vacío y miedo en algunos.

– Carmen, cada uno nos cogemos el miedo que nos cabe y vivimos la vida como sabemos y podemos, no quieras que todos respondan como tú, que hablen del cáncer con la naturalidad que lo haces tú, no quieras que los otros vivan tu vida, ¡Vive y deja vivir! – Era Manolo el que la ayudaba a resituarse una y otra vez.

El tiempo no siempre lo pone todo en su lugar, pero ayuda a divisar otros horizontes, a veces tan cercanos como la propia cotidianidad, a menudo tan simples y tan complejos como el aquí y el ahora.

A Carmen le resulta imposible no hilar sus reflexiones a las de Manolo:

– Van pasando los meses, los años, y yo sigo aquí, mirando cara a cara al cáncer, sabiendo que está conmigo, en mi vida, en mis relaciones, en mis miedos, en mis aprendizajes, en las decisiones que tomo.

Lucho por medir el tiempo en instantes que saboreo, en risas, en letras, en cerezas, en compañías, en conversaciones, en canciones, en sabores. Los minutos quedan para ese reloj que nadie es capaz de controlar, ni prevenir. Enfrento el cáncer como he enfrentado la vida: de frente, con ánimo, como cada persona lo hace, como puede, y a ratos.

Vi en la televisión, que siete mujeres después de superar el cáncer, habían decidido subir al Himalaya. Me admiró su valentía, su fuerza, su coraje, el empuje de su iniciativa. Y pensé en todas las mujeres que suben todos los días sus himalayas, que compaginan sus tratamientos con el cuidado de los hijos, a veces de los padres, con las apreturas económicas, a menudo sin un Manolo como el mío, dispuesto a acompañar, aunque sea en silencio, hasta donde haga falta.  Estas son mis heroínas.

No, el tiempo no siempre lo pone todo en su lugar.

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