DOÑA AMPARO

DOÑAAMAPARO1

Cinco relatos cortos que configuran una historia. Forman parte del ejercicio de escribir un relato colectivo en el que cada uno construye unas tramas y unos personajes. 

Como marco un pueblo cualquiera. Entre los personajes tenemos un poco de todo: al director de un periódico local, al gerente de una empresa de levaduras con algún secreto, un párroco  fetichista y lascivo, al propietario de un hotel, mirón y chantajista, la dueña de una agencia de viajes, una empleada (¿o qué?) fiel, un amante traicionero, una señorona desquiciada, un alternativo de vuelta con una venganza pendiente (y su madre), una psicóloga lenguaraz metida en terapias con animales, y una vedette retirada y metida en años en busca de un minuto de gloria.  Y Amparo, la dueña de Levaduras Crescere, protagonista de su propia historia, y un poco de la de todos. Todos interactúan, y tejen la vida misma.

 

-I-

Son las nueve de la mañana.  Sobre la mesa varias bandejas de bollería todavía caliente desprenden un penetrante aroma a horno, también hay zumo de naranja recién exprimido y café humeante.

– ¿Qué tenemos hoy? -la pregunta corta de golpe el bullicio y expande un silencio respetuoso en la sala.

Amparo preside la mesa. Viste un traje de chaqueta de corte impecable gris marengo a conjunto con una blusa de seda amarilla.  A su derecha, Marta, su secretaria personal desde hace más de veinticinco años. A su izquierda Andrés, el todopoderoso gerente. Ocho personas más completan el óvalo, uno por cada departamento, todos de la máxima confianza de Amparo.

Levaduras CRESCERE, es la principal productora y exportadora de levaduras para uso alimenticio del país, la industria más grande y próspera de la comarca, y la principal fuente de empleo de la ciudad.  Un emporio levantado por Amparo de la nada,  piedra a piedra, como de la nada apareció ella en la ciudad hace tantos años, que muchos no son capaces de pensar en la ciudad sin ella.

“El ojo del amo engorda al caballo”, es la máxima que sigue aplicando. La empresa es suya, y suya es la última palabra.  No es cuestión de dinero, ha acumulado tanto, que podría pasar el resto de su vida gastando a espuertas, y todavía le sobraría para vivir unas cuantas vidas más.  La empresa es su vida, o por lo menos no se le conoce otra.

– Lo más urgente es la selección de personal para cubrir las vacantes.  Tenemos once vacantes, y dieciocho candidatos evaluados, cinco de ellos de punto rojo.

Hace años, el jefe del departamento de personal, decidió asignar un punto rojo a aquellas solicitudes de empleo que llegaban a su mesa vía recomendación o como trueque de favores y servicios. Algunas llegaban directamente de mano de Amparo, a quién muchos vecinos recurrían directamente rogando el favor personal para sus hijos o familiares y prometiendo gratitud y fidelidad eterna. Amparo soportaba aquello con paciencia, intentando disimular el desprecio que sentía por la gente que consideraba capaz de perder la dignidad ante ella por conseguir un empleo o simplemente por aparentar una relación con ella que no existía.  La empresaria era consciente de que era su dinero y el poder que le daba este, el calor que atraía a tanta mosca.

– ¿Quienes son los del punto rojo? -preguntó Amparo, que odiaba las recomendaciones, y por extensión a todos los recomendados que le salían al paso. Solía decir que cada vez que un recomendado colocaba su culo en cualquier sitio, le pegaba una patada al esfuerzo y a la justicia.

– Entre otros el hijo de Alarico, el director del Diario local, “El Globo”.  No tiene mal curriculum y nos vendría bien para el departamento de comunicación. La cuestión es delicada, ya sabes cómo se las gasta Alarico.

Alberto, el de personal, dejó la frase en el aire. Sabía que se movía en terreno pantanoso, y que nadie más que Amparo tomaría la decisión.

– ¿Otra vez? ¡No se rinde! No quiero las narices de su padre dentro de la empresa. Descártalo. ¿Y los otros?

– Los otros son gente de los que tu consideras “como nosotros”. Con un, entonces valóralo tú, dieron por cerrada aquella cuestión. Amparo sabía que en unos días tendría a Alarico dándole la matraca en el despacho.

Fue Andrés, el gerente, el que señaló que también estaba pendiente la contratación de los servicios de viajes para la feria Alimentaria:  siempre lo hemos hecho con Alicia, la empresa local, pero esta mujer, últimamente parece que se le haya cruzado el cable, todo es un problema con ella. Estoy tentado de llevarnos la gestión a otra empresa, es mucho dinero para el mal servicio que nos da.

Cerró la relación de asuntos, Marta, recordando que Don Silvino, el párroco ya se había llegado a la empresa varias veces con el presupuesto para la restauración de las campanas.  Amparo delegó en ella esa gestión, pidiéndole que no dejara que se le acercara aquel cura si no era estrictamente necesario.

En poco más de una hora cada uno estuvo de vuelta en su puesto.

 

-II-

Antes de que Marta pudiera anunciar la visita de Alarico, este ya se había colado en el despacho de Amparo, saltándose cualquier formula de presentación, y todas las normas de educación que cualquier adulto conoce. Se colocó frente a ella, dejando caer sus puños sobre la mesa. No esperó a que le preguntaran para gritarle a Amparo el agravio que le llevaba hasta allí.

            -¿Hasta cuando vas a estar negándole a mi hijo un puesto de trabajo en la empresa? ¿Quién te has creído que eres tú para humillar así a mi hijo?

            – Buenos días Alarico – Amparo no levantó los ojos del documento que tenía sobre la mesa, mientras con la mano hacía un gesto a Marta para que se retirara. Aquella tranquilidad e  indiferencia era combustible a granel para el fuego que invadía a aquel hombre ya de por sí colérico en extremo.

– No sabía que tuviera obligación alguna de contratar a tu hijo.

– Sabes que es el mejor de todos los que podrías encontrar en cien kilómetros a la redonda, y sabes que lo haces para vengarte de mi.

– No te lo voy a negar –le siguió hablando sin que su voz mostrara la más mínima alteración, ni emoción perceptible -Tu hijo es un buen chico, tiene un buen curriculum, pero también tiene un problema muy grande: su padre. Los detalles te los ahorro porque imagino que los sabes. No es que no quiera que tu hijo trabaje en mi empresa, es que no quiero que haya nada tuyo cerca de ella, ni de mi. No sé si me explico bien. Puede intentarlo todas las veces que quiera, mientras esta empresa sea mía, aquí no trabajará nadie que yo huela que pueda tener alguna relación contigo.

            – Lo haces por despecho, todavía no has aceptado que te dejara.

– ¿Qué me dejaras? Que mal vas Alarico cuando un polvo es una relación para ti. ¡Que tonto eres!  De Lo del espionaje y el chantaje no hablamos ¿no?, no me hagas reír y no me hagas perder el  tiempo.

La palabra tiempo le sonó a Amparo como cañonazo de aviso para dar por cerrada aquella discusión.

– Marta, avisa a seguridad de que no vuelvan a dejar a entrar en la empresa a este individuo.

            – Ahora ¿sales o pido que te saquen?

-III-

Cuando Andrés llegó al despacho de Amparo, encontró saliendo de él con cara de haber descubierto una mina de oro a Rogelio, el gerente del hotel. El hombre tiene algo que le resulta  repulsivo, quizá los ojos saltones ocupándole media cara sean lo que le evocan la visión desagradable de un sapo. Entró preguntándose la razón de que aquel tipo estuviera en la empresa.

“La jefa” como todos la llamaban,  le recibió en silencio, de pié junto a la ventana, con cara de pocos amigos y de rumiar algo que no le gustaba. La conocía lo suficiente  como para saber descifrar sus silencios. Con un gesto seco Amparo le indicó que tomara asiento.

– ¿Cómo están Virtudes y los niños? Preguntó directamente, sin esperar a que Andrés acabara de sentarse. El tono de su voz, dejaba intuir que lo que menos le importaba en ese momento eran las cuestiones familiares.

– Bien, muy bien, como siempre, Virtudes en casa, y los chicos haciéndose mayores, sin novedad. ¿Qué pasa Amparo? La empresaria tiene la habilidad de desconcertarle, y él sabe que lo mejor con ella es entrar a la confrontación directa, no hacerse el despistado.

– Mira, no me voy a ir con rodeos, ¿hay algo o alguien que la competencia, o algún enemigo puedan utilizar para chantajearte y perjudicar a la empresa? ¿Hay algo que yo tendría que saber y no se? La mirada de Amparo, le decía que algo grave estaba pasando y que ella ya había decidido ir a por todas. Lo mejor era no resistirse.

Andrés sintió como empezaban a arderle la nuca y las mejillas. Llevaban juntos más de 20 años, y ella lo sabía casi todo de él. Conocía a su mujer, a sus hijos, había estado en todos las celebraciones familiares. Prácticamente llevaban media vida juntos y habían tejido una complicidad que iba más allá de lo empresarial o lo económico. Entre ellos había amistad y confianza, tanta como puede dar el saber que el otro te tiene en sus manos.

– ¿De qué me estas hablando? ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué pasa? Sus preguntas salieron envueltas en una mezcla de indignación, sorpresa y prevención. El enfado de Amparo le hacía sentirse en el aire, quizá porque le pillaba desprevenido.

– Te estoy hablando de que hay alguien que sabe de ti más de lo que yo sabía.

– ¿De qué hablas?

– Hablo de que ese tipejo que acaba de salir de mi despacho, me acaba de contar que tienes una relación intima con un tipo, que para más inri es un mal nacido, y que está dispuesto a venderte a ti y a mi empresa por cuatro duros. De eso hablo Andrés. Y hablo de que le voy a pagar una pasta gansa a ese tipejo de Rogelio, para averiguar hasta donde está dispuesto a llegar tu amigo. Y hablo de que quiero una explicación Andrés.  Amparo consiguió acabar de hablar vocalizando todas las palabras, forzándose para no alterarse más de lo que ya estaba, para no acabar gritando.

– ¿Cómo lo ha sabido ese? Fue lo único que Andrés atinó a responder, con el mismo tono que empleaba cuando era niño y lo pillaban en falta,  mientras deseaba que se lo tragara la tierra, igual que acababa de engullir el único espacio de su vida que él pensaba que le pertenecía en exclusiva, en el que se sentía dueño y señor, libre, y que ahora descubría como una completa mentira.

 – El cómo se ha enterado ese sapo es lo de menos, lo importante es cómo solucionamos el asunto. O actuamos rápido y bien o te vas al carajo tú y mi empresa.

Andrés sabía que Amparo no se iba por las ramas. A él le iba en el asunto mucho más que empleo y dinero, le iba la vida. Dejó que fuera ella, la que planteara la estrategia y asintió a todo lo que propuso.

Sonó el teléfono, y su timbre tuvo el efecto de introducir una bocanada de oxigeno entre ellos.

– Marta, te he dicho antes que no me pasaras llamadas.

– Lo se doña Amparo, pero llama doña Juana.

Con un pásamela, Amparo depuso la actitud iracunda que acababa de utilizar con su secretaria y respondió en el tono más amigable que tenía.  Todos conocían a doña Juana, y sabían que para Amparo era una prioridad.  Nadie sabía cual era su relación exacta que las unía. Al principio todos en la empresa y en la ciudad se equivocaron al pensar que eran madre e hija.  Con el tiempo, lo único cierto para todos era que doña Juana era sagrada para Amparo.

– Solo quería comentarte que la loca vuelve a las andadas. Está poniéndote otra vez de hoja de perejil y pidiendo firmas para que echarte de la presidencia del circulo.

– ¿Cómo lo has sabido? ¿no te habrá incomodado a ti?

– No, no sufras, me lo han comentado las mujeres del grupo de la parroquia. Solo quería avisarte. ¿Vienes a casa al medio día? ¿preparo comida?

– No, comeré con Alba, en el hotel, hace días que no nos vemos.

– ¡Qué poco me gusta esa chica!, en fin, tu ya eres mayorcita.

La conversación acabó con la risa de ambas cruzando a través del teléfono, y la promesa de la cena en casa.

 Andrés se levantó para salir del despacho, pero antes de cruzar la puerta recordó algo que quería comentarle a su jefa:

– No sé si sabes que ha vuelto al pueblo Paco “el Forrest”.

Ahora fue Amparo la que se dejó caer en su sillón, dando un bufido con el que expulsar todo el hartazgo que se le iba acumulando.

– ¿Esta todo bajo control? ¿o tenemos que preocuparnos de algo? –Mantuvieron el silencio, compartiendo aquella reflexión que regresaba de lejos-  Quizás ahora haría las cosas de otra manera, pero en aquel momento no nos podíamos arriesgar. Encárgate de que no meta sus narices en la empresa.

-IV-

Cuando Juana bajó a preparar el desayuno, Amparo llevaba unas horas sentada en la terraza absorta en el horizonte inmenso que divisaba desde allí y en sus propios pensamientos. Era uno de sus hábitos sagrados: madrugar para dedicar algo más de una hora a la meditación, a “ordenarlo todo”, como a ella le gustaba decir.

– Es una pena que el sexo, el dinero y el miedo sigan siendo los motores de la vida. Parece que avanzamos, pero estamos siempre en el mismo punto. No aprendemos. Fue la respuesta de Amparo, despeinada, sentada sobre sus piernas, a los buenos días de Juana.- Avaricia, deseo, miedo, a eso se reduce todo.

– No estoy contigo por ninguna de esas tres cosas. Tendrás que pensar un poco más -Amparo no pudo aguantar la risa ante la agudeza de Juana.

– Si quizás haya algo más, pero eso debe ser lo que llaman virtud.  Tu eres diferente a todo Juana, tú eres un espécimen inclasificable -Ahora fue Juana la que rió la ocurrencia de Amparo mientras acababa de poner sobre la mesa las tazas para el café

-¿Y a ti te hace feliz todo eso?

–  A estas alturas tengo más de lo que pude desear. Pero no sé si a eso lo podemos llamar felicidad.  Me cansa tanta miseria y tanto mangoneo, tener que estar siempre en medio del lodazal. Es como ir en bicicleta, si dejas de pedalear, acabas cayendo. Somos como esos ratones metidos en una rueda que no saben bajar. ¡Demasiados frentes abiertos! Cualquier despiste nos puede costar un disgusto. ¡Cansa! Empiezo a necesitar algo de tranquilidad. Quizás unas vacaciones.

– La argentina y Don Silvino están organizando un viaje con parada en Fátima, apúntate, el viaje promete.  -La ocurrencia de Juana rompió el tono serio en el que habían entrado las dos, y las hizo entregarse a las tostadas y al tomate recién rayado que Juana acababa de colocar en la mesa.

– ¿No te importa si voy yo? Me ha propuesto Lucia ir con ella y no me parece mala idea. ¿Podrás apañarte unos días sin mi?

– ¿De verdad te apetece  meterte en un autobús con Don Silvino?

– Eso es lo que menos me apetece, ¿pero tú sabes la cantidad de información que puedo recoger en el viaje? Además de que también ira la Chicharito, y eso ya promete ser toda una aventura.

– ¿Qué tal con Alba?. La pregunta de Juana cortó en seco las risas y las devolvió a la seriedad con la que habían estrenado la mañana.

– Con Alba no hay nada. Solo me divierte, en algo hay que divertirse en este pueblo.  Está más zumbada que todos sus clientes juntos y todos los animalillos con los que les dice que les va a curar. Un día tendrá un problema gordo: tiene el vicio de largarlo todo, igual que le cuentan, lo cuenta, y eso para el negocio de psicóloga no creo yo que sea lo más conveniente. El secreto profesional se lo pasa ella por el arco del triunfo. Hasta que le den un día dos bofetadas bien dadas. Y ahora ha vuelto Paco el Forrest, tiene ganas de problemas. ¡A ver!, se avecina tormenta.

– Ya sabes Amparo, el que pega primero… -la despidió Juana, mientras colocaba la loza en la pila.

Después de darse una ducha, Amparo salió renovada para la empresa. El desayuno con Juana siempre le aportaba energía, a fin de cuentas era lo más auténtico que tenía en su vida.

Marta había dejado sobre su mesa un ejemplar de El Globo, en el que había destacado con rotulador fluorescente dos noticias referidas directamente a Amparo y a Levaduras Crescere: la cuestión de la recalificación de terrenos, sugiriendo los sobornos y su posible implicación en la operación, y la otra que tenía que ver con la petición de exhumación del padre de Paco y la petición de nuevas investigaciones sobre el accidente en la empresa. Sabía que la loca de su madre se la tenía jurada. Aquella mujer le tenía una envidia enfermiza, y la muerte del marido se la había podrido dentro.  Amparo se repitió las últimas palabras que había escuchado esa mañana a Juana:  quien pega primero… Había llegado el momento. Fuego sin contemplaciones.

Llamó a Andrés y le dio instrucciones claras.

– Quiero que llames a Juan Mendoza, del centro comercial, y a Luis Borda, de la inmobiliaria, y  si piensas en alguien más… pídeles que retiren esta misma semana toda la publicidad de El Globo. Nos deben algunos favores, y los vamos a cobrar así, ahogando económicamente a Alarico. Se le van a acabar las ganas de nombrarme en el panfleto ese que él llama periódico.   Llama a Rufo, y cómprale todas las grabaciones que haya podido conseguir en el chiringuito de Rogelio.  Págale lo que te pida. Retira las que nos afecten. Y empieza a enviar por mensajero copias a todos los interesados.  Pon una nota en la que se lea “Obsequio de Amparo Alba. Solo para tu información”. Ellos entenderán.   Ofrécele el doble si quita de en medio a Arsenio. Esa mosca ya se ha pasado de molesta, y pídele que le envíe un recadito al médico, mejor que siga calladito. Y a tu amigo Jose Mari, me lo traes aquí, que quiero hablar personalmente con él.  Y otra cosa, quiero que hables con la Junta del círculo, les dejas caer que o soy yo presidenta, por mayoría abrumadora, o simplemente dejará de interesarnos seguir colaborando. Ya me tiene harta la loca esa de Dolores.

– ¿Sabes la que se va a armar? Al primero a por el que irán será a por Rogelio. -Andrés tomaba nota sabiendo de la gravedad de la situación que iban a provocar.

– Mientras se despedazan entre ellos, nosotros estaremos tranquilos. Por Rogelio, no te preocupes, no es más que un daño colateral, se ha querido pasar de listo y lo va a pagar, no me da ninguna pena.  De Paco y de su madre, me encargo yo, no te preocupes.

-V-

A Andrés le faltaba la decisión y la falta de escrúpulos que le sobraban a Amparo. Coincidía con ella en que no era momento para indecisiones ni blanduras, tenían que hacer todo lo necesario para mantener lo que habían construido juntos, pero ninguna justificación le hacía sentirse mejor ni le dejaba conciliar el sueño. Era consciente de que aquello tenía un precio que tendría que pagar en algún momento.

Ninguno de los dos pudo prever el desaguisado y la violencia que generaría en la ciudad el envío de los videos de Rogelio a algunos de sus vecinos. El miedo en su libertad, provocó que muchos se anticiparan a los efectos que podría tener la posible divulgación de la información recogida en las cintas, y que otros simplemente actuaran de forma precipitada o lanzando palos contra todo lo que se movía. No entendieron que el regalo de Amparo no era más que una invitación al silencio. A todos les convenía callar. En apenas dos semanas, se produjeron dos suicidios, un sin fin de separaciones matrimoniales y la Guardía Civil se reconocía desbordada por avisos y denuncias por agresiones entre vecinos, además de palizas y allanamientos a manos de sicarios. Incluso tuvieron que activar el protocolo de búsqueda por la denuncia de varias desapariciones, en apariencia, completamente voluntarias.  A todo eso había que añadir, el asesinato de Alarico, el dueño de “El Globo”, en el que si bien no tenían nada que ver, no lamentaban en absoluto, y el revuelo armado en torno al hallazgo de los huesos del esposo de Dolores, más desquiciada que nunca.

De esa situación no se escapó la fábrica de levaduras CRESCERE. En varias ocasiones el servicio de seguridad separó a trabajadores que se enzarzaban en discusiones y peleas, hasta el punto de tener que detener la producción temporalmente para evitar riesgos mayores.

En medio de este ambiente de caos, se presentó en el despacho de Amparo sin cita previa, Elvira, la madre de Paco “el Forrest”.

– Si te crees que te vas a salir con la tuya estás muy equivocada, tú mataste a mi marido y vas a pagar por ello. Cuando acabe contigo no vas a encontrar hueco donde esconderte, ¡zorra!. Tengo las pruebas de que Francisco murió por inhalar los productos adulterados que estabais metiendo en las levaduras, y esta vez no te vas a escapar, ¡lo juro! – las amenazas e insultos de Elvira, llenaron todo el despacho, en la misma medida que evacuaban la rabia y el desprecio que la mujer llevaba acumulados, macerados en su deseo de venganza. Elvira odió a Amparo desde el mismo momento en que la conoció, la envidia actuó por combustión directa, después no hubo un día en su vida que no encontrara un motivo para desearle lo peor, para culparla de todos sus males.

Amparo la miró unos segundos desde su sillón, con una impasibilidad que la desconcertó a ella misma y que mantuvo en silencio a Elvira, a expensas de una respuesta. Sin pronunciar palabra, se acercó a la televisión que ocupaba el extremo opuesto del despacho y con la misma parsimonia puso en marcha los dispositivos.

La pantalla, le devolvió a Elvira, escenas tórridas que ya casi tenía olvidadas, otros momentos y otros hombres. Ninguna con su difunto marido. En todas ellas reverberaban promesas de amor eterno, de pasión y placer, de inicio de vidas en común, lejos de un marido que solo servía para sostener su propia cornamenta y de esposas mojigatas e insulsas.  Nadie diría que la Elvira que había irrumpido iracunda en el despacho apenas unos minutos antes, tenía algo que ver con el salvaje prodigio amatorio que devolvía la pantalla, lujuria en estado puro. Solo coincidía en aquella verborrea de insultos y burlas a Amparo y a media ciudad, incluidas las mujeres del amante de turno y su propio hijo.

– Hay más, si quieres verlas todas, yo tengo todo el día para acompañarte. Si prefieres hacerlo en casa, tú sola, para disfrutarlas en la intimidad, te puedo dar una copia, tengo muchas, y yo ya las he visto todas.  Si prefieres en pantalla grande, puedo organizar un pase en los cines del centro comercial. Como tú prefieras, no te cortes. – Amparo disfrutó pronunciado cada palabra, como si con ellas borrara la humillación que Elvira le provocó acusándola de asesina en el mismo funeral de Paco, en la iglesia, a pleno grito, delante de todos, sin contemplaciones.

Elvira mutó en estatua durante un largo rato, inmóvil frente al televisor, en silencio, con los ojos amenazando con escaparse de sus cuencas.  Amparo se limitó a mirarla desde su sillón también en silencio, paciente, rumiando la satisfacción por el trabajo bien hecho, alerta. Cuando Elvira salió del despacho, sin articular palabra, casi arrastrando los pies, Amparo supo que se había quitado un problema de encima.

En lo que quedó del día no pudo dejar de pensar en que la clave de todo estaba en la levadura: solo se sobrevive creciendo. Ese era su único destino.

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