EL PISO

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– ¿Cuándo vas a hablar con tu madre?, han llamado otra vez de la inmobiliaria. El comprador está interesado y pide una respuesta ya. O cerramos el trato o lo deja, no quieren esperar más. ¿Qué les digo?

Marta escuchó la pregunta de Arturo como quien recibe un ultimátum, la esperaba, y sin embargo se resistía a escucharla. Era consciente de que el tiempo se acababa, de que no podía seguir retrasando el encontronazo seguro con su madre, el conflicto que las mantenía alejadas, desde que ella le suplicó por última vez la venta del piso para resolver sus problemas económicos. No le perdonaba que priorizara el valor sentimental de aquella casa, al futuro de sus nietos y de su propia hija.

– No me metas más presión Arturo, es suficiente con la que llevo encima. Ya se que lo tengo que hacer, pero no es fácil ¿sabes? Ya no sé cómo entrarle, cuanto más le insisto, más se  enroca ella. Tampoco ayudó mucho que le negáramos la posibilidad de venir a vivir con nosotros.

– ¿Dónde la pensabas meter? ¿En nuestra habitación? Tu madre contamina todo lo que toca. Sin vivir con nosotros intenta controlar y amargarnos la vida ¿te imaginas el infierno si la metemos en casa?. Ahora te toca a ti Marta, yo ya no puedo exprimir más a mis padres. O consigues que ceda, o se nos va la vida a tomar viento. A estas alturas, ya no es por nosotros, pero no quiero dejar a mis hijos en la calle, con una mano delante y otra detrás.  Ese piso es más tuyo que suyo, ella sólo tiene el usufructo, tendría que ser un poco más razonable.

La discusión con su madre, no se apartó un ápice de lo que Marta esperaba. Nunca tuvieron una relación fácil, pero con la muerte del padre y las cuestiones de la herencia, Marta descubrió en Amparo una avaricia que no le conocía. La posibilidad de vender el piso abrió una brecha entre ellas, que amenazaba con engullirlas a las dos.

– ¿Por qué te empeñas? Este piso es inmenso para ti. Con el dinero de la venta, podrías comprarte uno más pequeño también en una buena zona, o ir a la residencia que quieras, y nosotros solucionaríamos los problemas que tenemos. Es el mejor momento para venderlo, el precio que ha alcanzado no nos lo van a pagar en otro momento. Sé razonable. Te lo pido por favor mamá. Te lo pido por tus nietos.

– No sigas insistiendo. Te he dicho que no y no voy a cambiar de opinión. Ya te avise de que te equivocabas al casarte con el ganapán de tu marido.

– Pero  ¿qué tiene que ver ahora mi marido?. Mamá, hemos pasado una mala época, tenemos dos hijos en la universidad. Sólo te estoy pidiendo que vendamos el piso, que es mío. No te digo de quedarme todo el dinero, ni de dejarte en la calle. Te lo pido por favor mamá. Si no fuera porque nos llega el agua al cuello ¿crees que estaría otra vez aquí rogándote?.

– No. Estás otra vez aquí, porque sabes que sin mi firma, no puedes hacer nada.  Métetelo de una vez en la cabeza: no voy a firmar, el piso no se vende.

Marta sabía que la conversación acababa en esas dos frases que su madre pronunció como sentencias, separando las silabas, poniendo el acento en aquellos “no”, que a ella le sonaban a ruina.

Se levantó del sillón y se dirigió a la puerta, sin más palabras, allí ya no había nada que reconociera como propio.

– Dile a Manuel, el portero, que suba un momento cuando pueda.  Marta escuchó el encargo a sus espaldas mientras se encaminaba a la puerta.

– ¿Para qué necesitas a Manuel ahora?

– Para nada, cosas mías, nada te importa.

Marta cerró la puerta dejando tras de sí el sonido del portazo vibrando con su propia rabia.

El teléfono sonó cuando apenas se sentaron a la mesa para comer.

– ¿Vive ahí la hija de Doña Amparo Álvarez?

– Si, soy yo,  ¿Quién es usted?

– Soy el Inspector de policía Adsuara, ¿podría venir a casa de su madre?

– Pero dígame qué ha pasado.  ¿Está ella bien?

– Será mejor que venga, cuanto antes pueda,  es complicado de explicar por teléfono.

Ya en la entrada de la casa, Marta,  vio polvo y escombro, que no recordaba haber visto unas horas antes.

Se identificaron ante el policía que hacía guardia en la puerta y entraron ansiosos, como si intentaran acelerar la confirmación de los peores presagios.  En el suelo, una bolsa negra grande, que unos hombres uniformados manipulaban para subir a lo que parecía una camilla.

– No os alegréis antes de tiempo. No estoy muerta, eso es lo que os hubiera gustado a vosotros. De momento sigo aquí. Desde el fondo del salón, Marta escuchó la voz de su madre, con la misma fuerza que cuando la dejó unas horas antes.  Estaba sentada en su sillón, en su rincón de siempre. A su lado un hombre tomaba notas.

– ¿Mamá que ha pasado? Marta preguntó desconcertada, intentando traspasar aquella mirada de cinismo que tanto odiaba.

– Te lo dije, te lo he dicho muchas veces, yo no podía dejar el piso.  Ahora ya no hay problema. Es todo tuyo. Haz lo que quieras. Vosotros os lo habéis buscado.

– ¿Pero qué estás diciendo? ¿Qué tiene que ver ahora el tema del piso? ¿De qué hablas?¿Alguien me va a explicar algo?

Amparo cruzó los brazos, y siguió retándola con la mirada. Fue el hombre que estaba junto a ella, el que le señaló el hueco abierto en la pared, e intentó arrojar algo de luz en aquella escena. Era el inspector Adzuara.

– Su madre lo ha confesado todo. Fue ella la que nos llamó. Parece que la mujer y el niño que hemos encontrado en el hueco, eran la amante de su padre, y el hijo recién nacido de ella.  Él la dejó, y ella vino a pedirle cuentas a su casa. Su madre dice que pelearon, la desdichada se dio un mal golpe y murió. Entonces se deshizo también del niño. Lo ahogó.  Con la ayuda de su padre los emparedó a los dos. Han estado ahí cincuenta años, según los cálculos de su madre.

Marta saboreó la amargura que le acababa de llenar la boca, y supo que en algún momento la había mamado de su madre.

Al fondo del salón, Manuel, el portero, con los ojos todavía extraviados, seguía aferrado a una maza, cubierto de polvo.

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