EN EL BARRIO

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Una historia como resultado del ejercicio de escribir un relato colectivo en el que cada una construye a modo de puzzle, unas tramas, unos personajes. 

Como marco, el barrio, unas extrañas muertes, la taberna, la funeraria, la parroquia un taxista, una policía local…

-I-

– Vaya lío se ha montado en el barrio con lo de la muerta esa. Parece que lo haya tomado el séptimo de caballería, está todo repleto de maderos, ahora salía el furgón judicial. De la autopsia ya no se escapa esa mujer. Dicen que acababa de llegar al barrio. En qué mala hora. No creo yo que se la haya cargado la beata, pero ¡vete tu a saber!, ya no te puedes fiar de nadie. La que lo tiene crudo es la peluquera, si ya le entraban pocas al negocio, a ver quién se atreve a ahora a ponerse en sus manos. El olor a muerto siempre echa hacia atrás y tarda en irse. Y la crisis, ¡que la gente recorta en todo!, y la peluquería no es primera necesidad. Bueno, por lo menos para mí, pero a cada uno nos pega por una cosa.  No es mala persona la peluquera, pero parece que la ha mirado un tuerto. Entre el marido, la crisis, y estas cosas que no te las esperas, lo tiene crudo la pobre.  Al que le va bien es a Vicente, el funerario. A más fiambre más ganancia. Ahora me acercaré, por si tengo que hacerle algún servicio al cementerio.

Blas apuraba el bocadillo, apoyado en el recodo de la barra, sin importarle demasiado que Ramón no le contestara ni le hiciera caso alguno. Acostumbrado como estaba, a dar conversación a todos los que se le subían al taxi, ya la daba aunque nadie se la pidiera o sobrara. Las rutinas es lo que tienen, que llega un momento en que ya no las controlas, y a él se le sublevaron con la separación y la vuelta al barrio.

– No sé si nos ha tomado la caballería, pero como te encantes mucho, lo que te van a tomar es el taxi, que de la multa que te están colocando, no te salva nadie –le contestó Ramón desde el interior del mostrado en tono burlón, mientras le señalaba la calle y se preparaba para la escena que se avecinaba.

Blas salió de la tasca, como si le fuera la vida en ello, renegando y dispuesto a armar la bronca que hiciera falta hasta hacer desistir a la agente de la policía local que se había encarado a su coche. Son las peores, parece que salgan de casa todas las mañanas dispuestas a joderle la vida al personal.  No disfrutan si no van repartiendo papeletas, no respetan ni el trabajo de uno –se repetía mentalmente como una letanía que le insuflara ánimos.

Blas mantenía que la mejor defensa era un buen ataque,  y con el tiempo había comprobado, que la técnica infalible anti policías locales, consistía en apabullarlos a base de verborrea hasta que lo dejaban por puro aburrimiento.

– ¡Oiga!, ¡Oiga!, ¡policia!, haga el favor, que sólo he parado unos segundos el taxi, para ir a por cambio, el coche no molesta al tráfico, ni le molesta a nadie. Haga el favor, que ya va mal la mañana, como para que todavía me cueste dinero. Han sido unos minutos. Y ya me iba. Haga el favor. Tengamos la mañana en paz.

La uniformada, seguía escribiendo sin inmutarse, sin darse por aludida, fijos los ojos en el talonario.

– ¡Oiga, Oiga!,- le volvió a repetir Blas, mientras la rodeaba para interponerse entre ella y su taxi. Al verla, las palabras se le quedaron atoradas, y por unos segundos, pensó que lo iban a ahogar.

Si hubiera sido Blas quien encontrara a la muerta de la peluquería,  quizás no se hubiera impresionado tanto. Palideció de golpe, y la verborrea se descompuso en un puro tartamudeo infantil.

Ramón, desde la tasca presintió que algo raro pasaba, y se acercó a la ventana para mirar a aquella extraña pareja, que de repente parecían jugar a ser estatuas. Quietos y en silencio.

– ¿Qué haces tu aquí? -atinó a preguntar el taxista, cuando consiguió reponerse de la impresión, en un tono que confundía claramente la curiosidad con el desconcierto.

–      Poniendo una multa. La respuesta sonó seca, con sabor a bofetada y a burla.

–      El taxi es mío -articuló de nuevo con dificultad.

– Pues muy bien, me alegro, la multa también –la policía, separó el papel del talonario, y esquivando a Blas, lo colocó entre el cristal y el parabrisas del coche.

El tiempo no le había robado ni un ápice de encanto. Tenía la boca más amable que había visto nunca.  Sin dejar de mirarla, Blas se llevó la mano a la cara y frotó barba de varios días. Por primera vez en años pensó en la pinta que llevaba.

–      ¿Cuándo has vuelto?

–      Hace unas semanas.

–      ¿Tu sola?

–      ¿Ves algo  que te haga pensar que no puedo moverme por mis propios medios?

– No es eso, sólo quería saber… –prolongó las silabas, buscando una excusa, queriendo romper el juego en aquella partida en la que preguntas y respuestas encadenaban golpes bajos.

–      Ochenta euros. La multa son ochenta euros, si la pagas antes de quince días.

– No era eso – Blas contestó a la vez que la veía alejarse en dirección al urbano que la esperaba en la esquina.

Regresó a la tasca, con la multa en la mano. Lívido, ausente.

– ¿Te pongo café o tila? – preguntó Ramón.

-II-

Blas se dejó caer en el taxi,  recién afeitado, se miró en el retrovisor, frotándose la cara, disfrutando de una suavidad en su piel que casi había olvidado. Dejó las piernas fuera y la puerta abierta, a la espera de que reclamaran sus servicios.

La vio llegar por la avenida, charlando distraída con su compañero y ya no le quitó los ojos de encima hasta que la tuvo delante.

– ¿Qué? ¿Otra vez a por cambio?, ¿Necesitas una multa al día para estar tranquilo?.

– No, estoy esperando a que salgan del funeral de la mujer esa que han matado. Me ha contratado el funerario para llevar a la familia al cementerio.

– Si ves que tarda, date una vuelta, no estés mucho tiempo parado aquí que sabes que está prohibido. No me obligues a multarte otra vez, que no me tiembla el pulso.

Rompió el juego de frases de ida y vuelta el silbido del Melqui, que desde la puerta de la iglesia le hacía señas a Blas para que acercara el coche.

–      Paca ¿podemos quedar un día a tomar algo y hablar?

–   Nosotros lo tenemos todo hablado Blas. Anda, que te llama el Melqui, no vayas a perder el servicio.

Los servicios al cementerio deprimen a Blas en la misma medida que le generan curiosidad. Ninguno de ellos tiene desperdicio. Cada muerto tiene una historia y una familia, o no tiene nada y entonces puede ser una caja de sorpresas. Los más mayores son menos interesantes, ya tienen acumulado mucho tiempo de rondar a la muerte. Los mejores son los que cuentan con una familia enfrentada, o cuajando un conflicto en torno a los bienes que quedan por repartir. Y los hay que son un misterio por explorar, como la muerta de la peluquería.

Blas mantenía el vicio de anotar todas las historias en su libreta. Algún día, cuando consiguiera librarse de la cadena que le mantenía atado al taxi, escribiría su novela. El regreso de Paca, le devolvía de golpe un futuro que dejó aparcado para hacer frente a sus propios errores.  Había perdido la cuenta de los años que llevaba repitiéndose aquello de algún día… Paca le había devuelto el sabor a fracaso.

– ¿Y de qué murió el señor? –mirando por el retrovisor intentó iniciar conversación con la pareja que el Melqui había acomodado en el asiento trasero, suponiéndoles próximos al empresario fallecido.

Un escueto, un infarto fulminante, fue la única respuesta que recibió durante todo el trayecto al cementerio.  Tampoco hablaron más entre ellos.  Después de una espera de poco más de cuarenta minutos, el tiempo necesario para dejar en el nicho al finado,  la carrera al aeropuerto resultó exactamente igual, sin más palabras que las que escampaba la radio, sin más miradas que las que Blas lanzaba desde el retrovisor sorprendido por tanto silencio y tanto desapego.

Bajo el cartel de libre, y circuló despacio de regreso al barrio, atento, con la expectativa de que alguien reclamara su servicio desde cualquier acera, y arreglara la recaudación del día.  Si no, se conformaría con disfrutar de cruzar de punta a punta la ciudad. En primavera se pone preciosa, la gente sale a las terrazas, está en la calle, consume.  Tendré que armarme de valor y hablar con Paca, no vamos a estar viéndonos todos los días así.

Frente a él, por el pasó de cebra, cruzó una mujer, que le arrancó en seco de sus cavilaciones. ¡Pero si es la beata!. La miró bien, parecía otra. Está cambiada, como más joven, no viste igual  ¡es ella! ¡claro que ella! ¿no decían que había desaparecido? Está aquí.

Redujo la velocidad, y circuló bordeando la acera, siguiéndola a lo largo de la calle, hasta que la vio desaparecer en un portal.

Ya tenía su oportunidad para hablar con Paca. Quizá tenía un regalo para ella.

-III-

Si Blas, lo que tu digas. Haz lo que quieras. Estás tan acostumbrado al fracaso que vas de rendido, de víctima. ¿Crees que sólo te pasan cosas a ti? ¿no pensarás que te lo iba a poner tan fácil?¿o pensabas que le podías decir, borrón y cuenta nueva, y acercarte a ella como si no hubiera pasado nada?. Tú mismo, tienes dos opciones, enfrentar la situación, o dejar que corra. Ya lo estropeaste una vez ¿no? ¿qué pretendes ahora? ¿qué esperas?.  Si, haz lo de siempre, empieza a lamerte las heridas.  Sigue haciéndote el mártir.  ¿No esperaras que Paca venga corriendo a consolarte?. Paca es mucha mujer para ti, siempre lo ha sido. Ya tiraste tu oportunidad a la basura, ¿qué quieres hablar con ella? ¿Para qué? ¿Vas a hacer algo?¿En qué estás pensando?.

Apoyado en el taxi, Blas espera a Paca a la salida de la comisaria enfrascado en dudas, en recuerdos, en culpas, en el listado de “tendría que”, recordando  otros tiempos.

Pasan las diez de la noche cuando Paca, abandona las dependencias de la policía local, atusándose el pelo, y masajeándose la frente para borrar la presión de la gorra de todo el día.  Divisó a Blas, sentado al otro lado de la calle, esperándola. Como en otros tiempos, que ella todavía intentaba olvidar.  Cruzó rápida, dispuesta a la confrontación. ¿para qué disimular?, sabía que la esperaba a ella.

– ¿Qué haces aquí?  ¿No te esperan en casa para cenar? ¿no me estarás acosando?.

– No hay nadie en casa. Para ser exacto, no tengo casa. Lola y el niño se quedaron en el piso nada más nacer el pequeño, y yo vivo en una habitación alquilada en la pensión del barrio.

– No me interesa nada lo que hagas con tu vida Blas. Tú y yo no tenemos nada.  No te equivoques conmigo, si he vuelto al barrio, sólo es por trabajo.

– Aquello fue un error del que todavía me estoy arrepintiendo. Lola y yo no teníamos nada. Se nos fue la pinza. Fue sexo, nada más. Dos, tres veces, lo suficiente para estropearlo todo.  El resto ya lo sabes: tu te fuiste, yo estuve con Lola hasta que parió, y la pensión del niño me encadenó al taxi.

– ¿Y qué me cuentas ahora Blas?, si tuve que agradecerle al Lalo, que le contara a todo el barrio la cornamenta que me estabas poniendo. Si no es por él no me entero. ¡el tonto se enteró antes que yo!, mira si estaba yo espabilada ¿qué quieres ahora?

– No te estoy pidiendo nada Paca. Sólo quería hablar.

– ¿Hablar? ¿de qué tenemos que hablar?.

Se hizo el silencio entre ellos. La ironía en la que Paca se manejaba tan bien, había acabado en una mueca en la que no se distinguía la pena de la rabia. El tiempo todavía no había cicatrizado su fracaso.

– Tengo una cosa para ti. Quizás te sirva para que te den una medalla – Fue Blas quien rompió aquel silencio que parecía obsesionado en instalarse entre ellos una y otra vez.

Acertó con el cebo. La mirada de Paca sonó a curiosidad, a prisa por saber, a expectativa.  Blas, le contó cómo y donde había encontrado a la beata. Sabía que la estaban buscando.

– ¿Para qué me das la información?, Paca tuvo una reacción de desconfianza. No quería nada que viniera de él.

– Para que hagas lo que quieras con ella. Pensé en ti, simplemente.  Yo no voy a ir a contárselo a nadie más.

– Bueno, gracias. Ya te cuento. Buenas noches. – echó a andar, a la vez que se despedía.

            – ¿Quieres que te lleve? – Le preguntó Blas en un último intento por alargar el encuentro.

            – No.

-IV-

Apenas tardó unos minutos en ver a Paca sentada con un tipo, justo los que le llevó dar los buenos días a Ramón, acodarse en la barra y pedir su café.

Estaba sentada en una mesa, con un hombre, hablaban y reían como si se conocieran de toda la vida.

– ¿Quién es ese? – le preguntó a Ramón, que no tuvo dudas de a quién se refería su amigo.

– Es Atzuara, el comisario de policía que han enviado al barrio. Parece que están pasando cosas raras.

Blas no pudo evitar un mordisco de celos.

-V-

– Si hubiera sabido que pasándote la información de la beata, te echaba en los brazos de Adzuara, quizás me lo habría pensado unas cuantas veces antes de decirte nada. Blas lo dijo de carrerilla, sin poder ocultar el tono de reproche y el malestar que le causaba reconocer que los celos lo tenían comido.

Pepa descargó toda su ironía, en la mirada que le lanzó como si fuera un cuchillo de feria. Lo conocía de sobra, quizás mejor que él mismo se conocía, sabía que los celos se habían instalado en él, como ocupas impertinentes.

– ¿Perdona?. De momento no necesito subalternos para echarme en los brazos de nadie. Me sobro y me basto. ¿Ahora vas de padre? ¿de marido? ¿de qué vas?. ¿A ti qué mosca te ha picado?. Tu y yo no tenemos nada.  ¿O es que pensabas cobrarte la información? Yo no te la pedí.

Blas volvió a sentir cómo se hacía pequeño, cómo se arrugaba por momentos, como perdía cualquier punto de seguridad que le quedara,  frente a una mujer que había crecido en el tiempo en el que la había perdido de vista.

– No te vengas arriba Paca –fue lo único que acertó a decir antes de pagar y salir de la taberna, derrotado una vez más.

-VI-

Blas se había sentado frente al ventanal. Era el único cliente de la taberna en ese momento. Controlaba la plaza y el taxi, esperando que algún cliente se acercara a reclamar sus servicios.  Esperaba que Paca apareciera en cualquier momento. Era la hora de su ronda por el barrio.

–      ¿Estás intentando volver con Paca?.

Ramón se había colocado a la espalda de Blas, intentaba adivinar qué miraba su amigo con tanta insistencia, para no darse ni cuenta de que ya hacía un rato que lo tenía a su lado.

La pregunta a bocajarro de Ramón, devolvió a Blas a la taberna, y removió el torbellino de dudas que le azotaba en las últimas semanas: ¿Estaba intentando volver con Paca? ¿Pero en algún momento te has separado de ella? ¿De verdad crees que te va a perdonar? ¿Qué pretendes?…

– Mira, Blas, te voy a dar un consejo aunque no me lo hayas pedido. Una mujer no olvida fácilmente que le pongas los cuernos con su mejor amiga un mes antes de la boda. Menos todavía que dejes preñada a la amiga, y menos que se tenga que enterar por el tonto del barrio. Si además la mujer es Paca, lo tuyo sencillamente es imposible. Ya sabes como es de intensa para todo.  Pero allá tú, si quieres estar toda la vida suspirando por ella, esa ya es tu opción. Los dos sois buena gente, y sois mis amigos. Me sabría mal tener que volver a recogeros hechos añicos.

La mirada de Blas, cargada de pérdida,  confirmó lo que Ramón ya sabía, que Blas seguía colgado por Paca. Parece mentira como un error, de bulto, ¡pero error!, puede echar al garete la vida de una persona. Lo tenían todo, se casaban y se iban a la capital, ella a seguir carrera, él a desengancharse del taxi que le dejó su padre y a probar suerte con los libros, y un calentón lo manda todo a la mierda. A las mujeres les cuesta entender que un revolcón puede ser sólo eso, un revolcón. Pero Blas tampoco lo puso fácil, con aquella obsesión que le entró de asumir sus consecuencias y cargar con el hijo, que a saber, si era suyo.

El silencio de Blas contagió de cavilaciones a Ramón, que seguía quieto junto a su amigo, entreteniendo la mirada con el movimiento en la plaza.

– ¿Qué pasa en la calle hoy? – Blas dio carpetazo al murmullo de preguntas sin respuesta en el que se habían enzarzado él y su amigo Ramón.

– Lo de todos los años,  la procesión del santo, debe de estar a punto de salir de la Iglesia. Aunque últimamente en el barrio está pasando de todo. La beata desaparece, aparece una muerta en la peluquería, se nos llena la calle de policías, nos ocupan los ocupas, el Mariano acaba en la cárcel por pegarle a la parienta aquí en el bar, a la vista de todos y hasta en el taller parece que estén limpiando como si se acabara el mundo.

Fuera la gente empezó a tomar posiciones en las aceras, esperando a la comitiva, y preparando la mecha de sus cirios, para incorporarse a la procesión en cuanto pasara por delante.

Aparecieron por la esquina, despejando la calle y abriendo paso al desfile Paca y su compañero con uniforme de gala.  Blas la seguía con la mirada, pensando divertido en lo poco que le gustaban a ella, algunas obligaciones derivadas del cargo. Se escuchaban las notas de la marcha procesional, que poco a poco iban ganando en intensidad.

Un estruendo de gritos llenó repentinamente la calle de desconcierto, de golpes y carreras. Unos, los menos, miraban hacia el origen del ruido intentando atisbar qué pasaba. Pero la mayoría empezó a correr, instintivamente en sentido contrario al que se escuchaban los gritos,  atropellando todo lo que les salía al paso.

Blas sintió cómo se le aceleraban las pulsaciones,  buscó con la mirada a Paca y la distinguió corriendo en dirección a la bocacalle, a contracorriente de la gente que escapaba.

En un segundo, desconcertado,  Ramón vió a Blas correr tras de Paca, como si en ello le fuera la vida.

18/06/2018

 

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