SUICIDA

coche

Se dirigió a aquella zona de curvas a la que solía volver cuando las cosas le iban mal.  Encorvado, vacío, roto,  con los ojos hinchados y enrojecidos conducía  ausente, sin más horizonte que aquella curva en la tantas veces pensó dejar estrellada su vida. Sólo tenía que subir, poner el coche cuesta abajo, acelerar y dejar que la velocidad y las rocas hicieran todo lo demás.

No era la primer vez que se encontraba en esa tesitura y en el último momento le fallaban las fuerzas, o encontraba un motivo minúsculo para abortar el intento.  Esta vez no. El sentimiento de fracaso, de estar acabado había tomado cuerpo en él en los últimos meses. La vida le quedaba grande.

El último portazo le cortó de golpe las pocas  esperanzas que le quedaban vivas.  Roto el último hilo que le vinculaba a algo o a alguien, no encontraba amarre en el que guarecerse hasta que escampara la tormenta.

Me lo he ganado a pulso. No soy un triste, no, ¡soy un agonías!.  Todavía me pasa poco. Así me va, por cobarde. Tenía que haberlo hecho hace muchos años. Muerto el perro se acabó la rabia. Soy un fracaso,

Un sonido extraño en el coche, lo sacó de la oscura verborrea en que se había sumido.  Perdía velocidad, y circulaba a trompicones.  Apenas tuvo tiempo de echar el vehículo a la cuneta antes de que se parara definitivamente.  Intentó arrancar de nuevo, una, dos, tres veces. Imposible.  Miró el panel de control, como quien intenta descifrar un mapa. Una luz roja respondió a todas sus preguntas.

Bajó y se lió a patadas con el coche. Gritaba como un loco al que le quemaba dentro su propia respiración  El llanto le tenía anegada la garganta,  todo su cuerpo era un temblor descompasado.

– Inútil, inútil, inútil, Inutil…

No fue consciente de que un coche paraba a unos metros de distancia.  De él bajó un hombre sonriente, metido en años.

– Amigo ¿Qué le pasa?, ¿le puedo ayudar?, mal sitio para que se le pare el coche – se dirigió a él decidido, escrutando la situación del vehículo, ajeno al trance que se le venía encima.

– Me he quedado sin gasolina -balbuceó como pudo, limpiándose los ojos con las mangas sin poder evitar el llanto. Escuchar su  absurda respuesta, le hizo reventar en un desconsuelo todavía más profundo e incontrolable.

El hombre se quedó pasmado, paralizado y sorprendido, todo a una vez. En todos los años que llevaba en la carretera nunca había visto a nadie tomarse tan a pecho un problema tan simple.

-¡Hombre!, no se ponga así, no es para tanto, a todos nos ha pasado alguna vez.  No es tan grave quedarse sin gasolina. Que todo lo que nos pase sea esto –le acertó a decir en actitud paternal.

Conforme aquel hombre se aproximaba a él, o quizás por la amabilidad con la que le hablaba, lejos de conseguir amainar su llorera, le hizo pensar que nunca podría parar de llorar.  No atinaba a articular una frase coherente.

-Llore, llore lo que necesite –le dijo mientras le ponía la mano en el hombro y le regalaba una sonrisa comprensiva – si es que este mundo de prisas nos acaba jugando malas pasadas. Que malo es el estrés.  Y pasa lo que pasa, que después de cualquier cosa hacemos un mundo.  Si no se llega no se llega, y no pasa nada. Hay tiempo para todo. Si no hoy, mañana.

El hombre, sin dejar de cogerlo por los hombros, desgranó uno tras otro todos sus argumentos para vivir la vida sin prisas, sin agobios, con alegría y sobre todo amando y dejándose amar por la familia y por los más cercanos. La vida es bella parecía ser su máxima.  Él respondía con un gimoteo intenso.

-Esto lo arreglo yo, venga, que le acerco a la gasolinera – le dijo mientras lo empujaba hacia su coche.

Una vez más, atrás quedaron las curvas. Delante un bocadillo de jamón y una mesa compartida con un desconocido que se empeñaba en invitarle a almorzar y a  vivir la vida.

Todavía hipaba.

9/06/2017

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