JUANA LA ESTRAPERLISTA

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Cinco relatos cortos que configuran una historia. Forman parte del ejercicio de escribir un relato colectivo en el que cada una construye unas tramas y unos personajes del mismo. 

Como marco, elegimos una visita de Franco a Valencia, un atentado, el entorno del Mercado Central,  un prostíbulo… 

Al final, Juana tenía una historia propia, en la que ella era la protagonista. 

1

Al final terminaré cogiéndole el gusto a esta tierra, aunque hablen tan raro.  Y mira que me costó coger el tren en Blanca. A rastras casi me subió el Eusebio. Que maldita la hora en la que le prometió a la madre que no me dejaría sola.  Y ahí que está él cumpliendo el encargo, que parece que vista yo también el uniforme de la Guardia Civil, de destino en destino.  Lo que no se imaginaba él era lo que estaba aprendiendo yo en el tren, ¡el pobre!, que todo lo que tiene de grande y de bruto lo tiene de bueno.  Es un bendito mi hermano, lo único feo que le veo es el tricornio, y  a mí tampoco me ha venido mal para el negocio.

Hoy no nos ha ido nada mal con el arroz. Diez kilos,  setenta pesetas para el labrador, veinte para Pere el maquinista, diez para el Lolo y cincuenta para mí. Cincuenta pesetas redondas al bolsillo, y todos contentos. Y más contenta la Madam que por ciento cincuenta pesetas se hace con lo que en la calle le podría salir al doble. Y la mercancía en la despensa, sin riesgos para ella. El Lolo y yo hemos cargado los cuatro sacos. Pero a las buenas clientas hay que cuidarlas. Pagan bien, no preguntan, y si pueden todavía te hacen un favor.  Qué pena que el Ximo no pueda despistar más mercancía en el molino. Cuanto menos producen más encima está la guardia civil para que no puedan vender a particular.  Por los agujeros se van los granos, que apenas llegan para el racionamiento.

Nena, que no te mantengan nadie me decía la abuela. Y no me mantiene el Eusebio. Que entre los dos vamos llenando la alcancía ¿para qué?, pues no sé, para tener unos ahorros dice él. No le quito razón, que el dinero alimenta y abre puertas.  No se lo he dicho al Sebio, pero a plazos ando comprando un arcón al ebanista.  Ya le tengo entregadas cincuenta pesetas de las trescientas que cuesta. ¿para qué? Pues para guardar mis cosas.

2

Juana cruzó el Mercado Central a toda prisa ocultando unos bultos bajo la ropa. A unos metros de distancia sin quitarle los ojos de encima, la sigue el Lolo cargando un saco de arpillera marrón. Dieron un rodeo para no pasar por delante del puesto de Rosalía. No le gusta esa mujer, pregunta demasiado. En Santos Juanes las campanas tañían a Ángelus, llegaban tarde.  Julia la madame, quería tener el producto a las doce sin falta.  Esta noche tienen fiesta.

Solo serán unos minutos de retraso –pensó Juana sin aminorar el paso mientras repasaba la mañana- si no hubiera sido por el desgraciado del navarresino, hace dos horas que podíamos estar en casa de vuelta, con el material entregado.  Vaya tunda le ha pegado el Lolo. De momento le ha quitado las ganas de tomarnos el pelo durante una buena temporada, a la próxima seguro que se lo piensa mejor. Se creía él que iba a ceder y a pagarle el doble de lo que habíamos convenido por los seis paquetes de caliqueños. El tipo se quería pasar de listo, ha visto el negocio y ha pensado comérselo él sólo.  Hoy no podrá ser, no tendrá fuerzas ni para quejarse.

A ver cómo se lo explico yo al Eusebio para que no se enfade,  que me lo tiene dicho: haz lo que quieras pero no me metas en líos. Con un poco de suerte igual ni se entera, no creo yo que al desgraciado ese se le ocurra ir a la guardia civil a denunciarnos, no le conviene.

A mi tampoco me gusta que el Lolo vaya pegándole a la gente, pero cada uno servimos para lo que servimos, y cuando no hay más que discutir hay que pasar a las manos. Y el Lolo de palabras no entiende, pero con las manos es un artista. Una pena que sea tan corto,  pero él contento y yo más.

Enfrascados en sus pensamientos, llamaron sin resuello a la trasera de la Barraca.

– Buenos días, doña Luisa, hemos tenido un problema con el tren, y nos ha llevado más de tiempo del previsto. Aquí tiene lo convenido: cuatro paquetes de caliqueños,  seis kilos de harina y seis de azúcar.

–  ¿Cuándo me podrás traer la cazalla? –le preguntó mirándola de arriba abajo como hacía siempre, mientras se sacaba del pecho un buen fajo de billetes.

– Eso va a estar más difícil, los caminos están ahora muy vigilados, y vamos a tener que esperar a que el ferroviario pueda camuflar unas cajas desde Alcoy.

– ¿A buen precio? –le preguntó mientras ojeaba el material que el Lolo dejaba sobre la mesa.

– Eso no se lo puedo decir ahora, ya sabe que las cosas valen lo que valen en cada momento. Y que si nos pillan con las botellas, tenemos calabozo para rato. El riesgo hay que pagarlo.

– Pues no sabes tu nada Juanita –rió la madame satisfecha del desparpajo que había desarrollado la muchacha en tan poco tiempo- pero tan lista que eres, estás muy desaprovechada.

La muchacha sintió que la cara le prendía fuego, como cada vez que presentía el interés de la madame en ella.  Aturrullada cogió el dinero e hizo un gesto de marcharse  al Lolo que la miraba embobado.

–       Vamos Lolo, tenemos que colocar los caliqueños.

En el fondo,  Juana admiraba a aquella mujer.

3

Juana caminó decidida a la estación del norte en busca de Pere el ferroviario con el propósito de encargarle las botellas de cazalla que Luisa la madam le había pedido. Sonreía pensando que últimamente cualquier razón le parecía buena para ir en busca de Pere. El chaval le gustaba, ¡vaya si le gustaba!.

El Lolo la seguía a unos pasos de distancia. La vigilaba y la protegía, sin que ella se pudiera sentir agobiada, ese era el trato con su hermano Eusebio. Era su sombra, y sus manos cuando las precisaba.

Pere desde lejos, la vió llegar y se levantó para salir a su encuentro en un intento de evitar las bromas y las risas que sus compañeros se echaban a costa de aquellos encuentros.

Los ferroviarios sentados en un trozo de vía en torno a un fuego, siguieron dando cuenta de sus almuerzos, mientras pasaban de mano en mano una bota de vino.  El Lolo se sentó con ellos mirando de reojo a la pareja.

– Pere, la madam necesita unas botellas de cazalla, ¿tú me la podías conseguir?, -lo dijo de carrerilla, evitando mirarle a los ojos, porque sabía que no podría controlar el sofoco que le teñía de rojo las mejillas, y le hacía quedar siempre como una cría- me harían falta para hoy o mañana a lo más tardar. ¿tienes que ir hacia Alcoy?

            – Estos días no está fácil mover mercancía –le fue diciendo mientras vigilaba que nadie les pudiera escuchar- con la visita de Franco, la Guardia Civil está muy nerviosa, y están rebuscando por todas partes. No me atrevo a llevar nada en la máquina, pero miraré si algún compañero tiene algo o lo quiere traer.

            – Te lo agradezco, la madam es una buena clienta, y no quiero fallarle, y a la cazalla además le podemos sacar sus buenos cuartos.

            – No te fíes demasiado de esa mujer Juana, no es trigo limpio, cuanto menos te relaciones con ella mejor.

            – ¿Por qué me dices eso? Hasta ahora la mujer se ha portado bien conmigo, no tengo ninguna queja, paga bien.  Otra cosa es el oficio…

Pere la miró durante unos segundos, debatiéndose entre callar o seguir poniéndola en guardia.

– La madam, sólo mira por ella, por su negocio y su dinero, sería capaz de vender hasta a su propia madre para defender lo suyo o tener más ganancia. No sería la primera vez. No te fíes: tu allí, ver, oír y callar; cuantos menos tratos tengas con ella mejor, hazme caso.

Juana se quedó en silencio, mirándolo, desconcertada por la seriedad de Pere y el tono oscuro de su advertencia.

– Otra cosa: no se te ocurra acercarte mañana al recorrido del Caudillo ¿me has oído?  –le dijo mientras se aseguraba que nadie le escuchaba.

– ¿Por qué? ¿Qué mosca te ha picado  a ti hoy? –le gruñó molesta con tanta advertencia.

            – Porque te lo digo yo, y con eso tienes bastante.

Pere se dio la vuelta y se alejó en dirección a sus compañeros, que ya hacía un buen rato habían dejado de prestarles atención. El Lolo se levantó y echó a andar tras Juana, que caminaba como si la llevasen todos los demonios.

– ¿Has estado hoy en casa de la madam? –le preguntó Eusebio nada más entrar por la puerta.

Juana notó cómo se iba poniendo nerviosa. Por un momento temió que su hermano se hubiera enterado de la paliza que el Lolo le había atizado al navarresino.

– ¿Has notado algo extraño? – insistió sin esperar confirmación.

– ¿Algo extraño como qué? – le contestó desconcertada por la pregunta y abrumada por las sombras que le estaban contagiando entre todos.

– Como nada. Olvídalo.  – Eusebio se fue a la pila y empezó a lavarse las manos para la cena, lentamente, rechazando la idea de meter a su hermana en sus pesquisas- Oye, mañana no quiero que te acerques al paso del recorrido del Caudillo.

– ¡Otro!, ¿Y por qué si todo el mundo estará ahí?. – le contestó malcarada.

– Porque te lo digo yo y punto. Ni tú ni el Lolo.

Las advertencias de Pere y Eusebio,  lejos de infundir en Juana el más mínimo atisbo de temor, sólo lograron incrementar su curiosidad y el interés en lo que desde hacía días era un acontecimiento para la ciudad. Si tenía que pasar algo, era evidente que había enterada más gente de lo que la confidencialidad pudiera hacer conveniente. Por nada del mundo se perdería el desfile del Caudillo.  A decir verdad, Franco le interesaba bien poco, pero el ambiente festivo y despreocupado que se respiraba en las calles, la tenía completamente entusiasmada.  El ir y venir, el jaleo constante, la cháchara y el alcahueteo reinaban en el barrio robándole protagonismo por unos días a la queja y la penuria que estaban acostumbrados a resistir.

Le había prometido a Eusebio que no se acercaría al desfile y no quería incumplir su promesa, con el Eusebio tenía que estar a buenas. Pero no acercarse no significaba no salir a la calle, y Juana no tenía previsto que ese día se le cayera la casa encima.

Le había dado la mañana libre al Lolo, pero nada más abrir la puerta, lo divisó apoyado en el quicio del ultramarinos, dispuesto a seguirla como una sombra protectora, siempre a unos metros de distancia, como si no se conocieran, como si no fueran juntos. Apenas hablaban entre ellos, en el poco tiempo que se conocían, compartían un lenguaje que precisaba de pocas palabras.

Aprovechó la mañana, disfrutando del bullicio que  iluminaba Valencia.  A primera hora pasó por la estación para recoger las botellas de cazalla que le agenció un compañero de Pere.  A él ya sabía que no lo vería, no estaba de turno, se había pedido fiesta. El muy cretino me mete miedo para que no me acerque, y él se pide libre para no perderse el desfile – pensó Juana paladeando la decepción mientras cruzaba el mercado en dirección a la Barraca.

– ¿Cuándo me vas a traer el arroz que te encargué? –le grito sarcástica Rosalia mientras desplumaba un pato detrás de un mostrador repleto de huevos, hortalizas y aves sin desplumar.

Juana miró a Rosalía con desprecio, era la última persona con la que le apetecía encontrarse. Tenían cuentas pendientes, y una enemistad de la que ninguna era capaz de identificar su origen.

– ¿Cuándo me pagues lo que me debes, marrana? –casi le escupió la respuesta retándola mientras le señalaba un delantal lleno de chorretones

–  Pues entonces vas lista, hasta que no me traigas el arroz no te voy a dar ni un chavo –Rosalía acompañó sus palabras con un movimiento circular en el aire del pato a mitad desplumar que tenía en la mano.

– Ándate con cuidado Rosalía, no te equivoques conmigo – le contestó a la misma vez que arrancaba el paso, dejando a la tendera con la palabra en la boca.

Juana escuchó unos gritos que llegaban desde el puesto de la gallega, al mirar hacía atrás, todavía llego a tiempo de ver casi de reojo, cómo el Lolo dejaba caer el puño sobre un canasto de huevos,  y escapaba de los gritos de Rosalía sacudiéndose de la mano las claras y las yemas.

Dejó para el final,  pasar por casa del ebanista para entregarle unos chavos a cuenta del arcón.  Ya me gustaría a mí que mi hija la Pilar, hubiera sido la mitad de espabilada de lo que eres tú. Ahí la tienes con las monjas, que parece un alma en pena. Porque contenta no está, por mucho que nos lo quiera hacer creer. Ya ves, viviendo en la misma Valencia, y dos veces la he visto en lo que va de año –le contó Carles mientras hacía una raya en una libreta y apuntaba los treinta chavos que le entregaba a cuenta del arcón que esperaba al fondo del taller con un cartel en el que a Juana le encantaba ver su nombre pintado en rojo junto a la palabra “reservado”.

Las calles se fueron llenando, rebosaban de personal, de gritos, de vendedores ambulantes que llenaban el aire con su oferta de golosinas.  La gente se apelotonaba en dos filas dejando la calle libre para el paso de la comitiva, no sin mediar empujones y codazos en defensa del poco espacio disponible, los críos se abrían hueco por debajo de las piernas para situarse en la primera fila, los guardias regalaban algún que otro coscorrón en su intento de mantener el orden. Desde la plaza, Juana, evitando meterse en aquel barullo de personas, se contentaba con divisar la espalda del desfile y disfrutar de las notas que escampaba la fanfarria militar y del jolgorio de aquel gentío que parecía haber olvidado sus penas por unas horas.

Juana atisbó cómo de golpe, la espalda del desfile devenía en un desorden de personas, animales y objetos que caían con estrépito en la calzada. La gente empezó a correr en desbandada, sin mirar a quién tiraba o a quien pisaba. El griterío se apoderó de la calle. Todo el mundo corría sin parar y sin pararse a recoger pertenencias, hijos ni abuelos. Desde el portal en el que se protegió miraba al Lolo que se empeñaba en averiguar qué estaba pasando. Nadie daba razón.

Cuando pudo, Juana salió del portal en el que se resguardó de la marabunta de personas, que corrían despavoridas, huyendo de un peligro al que casi con seguridad nadie había visto la cara. El miedo es tan contagioso y loco como imprevisible. En apenas unos minutos, la fiesta y el bullicio terminó en desolación, miedo y desorden. Las calles parecían el resultado de una batalla en la que no hubieran vencedores y vencidos dispuestos a recoger los despojos que quedaban esparcidos por todos lados.

Juana se adentró por las callejuelas paralelas a la calle de la paz, esforzándose por caminar pegada a la pared,  esquivando empujones y encontronazos con la gente que corría en sentido contrario con apariencia de haberse encontrado con el mismo demonio.  La algarabía de la fiesta dejaba paso a un desgañite de gritos, ordenes y llantos. El Lolo, caminaba delante abriéndole paso, dando algún manotazo que otro en su intento por despejarle el camino.

Cuando alcanzaron el patio de vecinos en apenas unos minutos, jadeante y  agotada,  tuvo la sensación de haber nadado contracorriente durante horas, como lo había visto hacer a los bañistas en la playa de la Malvarrosa tantas tardes de domingo en las que Eusebio y ella se subían al tranvía para disfrutar del paseo junto al mar, mientras devoraban un cartucho de altramuces o de castañas, según la estación.

– Ve con cuidado- le dijo al Lolo, apenas en un resuello antes de cerrar la puerta.

El Lolo sólo la miró, asintió con la cabeza y salió corriendo. Juana cayó en la cuenta de que era la primera vez que ella se preocupaba por aquel bruto que su hermano le había endilgado a modo de ángel de la guarda, que apenas sabía nada de él, y que poco a poco, sin estridencias, apenas sin notarlo había conquistado una parcela en su reducido mundo de afectos.

No le resultó difícil asociar el desastre en el que concluyó el desfile, con las advertencias que tanto Eusebio como Pere le habían hecho el día anterior. Estaba claro que los dos estaban al tanto de lo que podía pasar y que no acabaría en nada bueno

Ahora entiendo tanta prevención del Eusebio y del Pere. Vaya si sabían ellos que algo iba a pasar. Uno por Guardia Civil y el otro por ferroviario, que igual que conduce el tren lleva chismes de un lado para otro. Y ninguno de los dos me hablan claro, que me tratan como si todavía fuera una niña y me tuvieran que proteger. A falta de uno, me han salido dos padres, a cada cual más sabueso y más quisquilloso.

Ensimismada en sus pensamientos y en la preparación de la olla, apenas se dio cuenta de la llegada de Eusebio. Llevaba la cabeza cubierta con una venda sucia y llena de sangre del mismo color rojo parduzco de los chorretones que le ensuciaban la casaca.  Juana sintió que se le desbocaba el corazón y un temblor sudoroso le recorría todo su cuerpo.

– No te preocupes, no es nada, una pedrada –le sonrió Eusebio de mala gana en un intento por calmarla mientras soltaba con estrépito la cartuchera y el tricornio-  es más el escándalo de la sangre, que la herida, apenas ha sido nada, una pedrada con bastante puntería y mucha mala leche.

– Pero ¿que ha pasado? -le preguntó, mientras lo abrazaba como si quisiera conjurar todo el miedo de ella y todo el dolor de él.

– ¿No lo has visto tú? ¿O me vas a decir que te has quedado en casa y no has ido al desfile? –le preguntó entre malhumorado y divertido al reconocer un sentimiento de culpabilidad en la cara de su hermana- dile a tu ferroviario, que no se confíe, esta vez lo he podido proteger, pero a la próxima igual no tendrá tanta suerte, por mucha puntería que tenga.  Esto no es un juego. Quien juega con fuego, se acaba quemando.

El rubor y el miedo a que le hubiera pasado algo a Pere le atenazaron la garganta mientras escuchaba inquieta la explicación de su hermano.

Eusebio estaba harto de las obligaciones del tricornio. Él no era franquista, como tampoco había sido republicano. La política no es cosa de pobres. La benemérita suponía comer caliente todos los días, salir de un valle que sólo daba limones, darle un futuro a la hermana que quería con locura y deberle toda la vida un favor a su  tío el cura.

– ¿Cuánto tiempo va a durar esto Eusebio? –le preguntó triste Juana mientras servía unos vasos de vino.

– No puede aguantar mucho tiempo, la gente está harta de palo y racionamiento. Más pronto que tarde se darán cuenta.

23/06/2017

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