EL TORRERO

 

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Un ejercicio de aproximación desde el relato, a una profesión ya prácticamente desaparecida:  Torrero de faro.

No creo que pueda haber un trabajo más útil y necesario que el mío. Aunque tengo que reconocer que el sueldo es escaso para tanta responsabilidad y tanto esfuerzo. No me voy a quejar, porque incómodo no es. Conseguí categoría de Torrero de Faro, pero  con que me nombren Pepe el farero me conformo.

Ya he cumplido los cincuenta. Mi hoja de servicio sólo refleja méritos y podría aspirar a cualquier puesto. Pero no se me ocurre un destino mejor. Me he acostumbrado a esta lámpara, a esta roca, a esta mar, a este azul, a este olor a salitre y parafina, a este silencio. No, no quiero otro.

Cuando vestía de uniforme, mi madre, que en paz descanse,  siempre decía que no había un torrero más guapo y elegante que yo. Como buen hijo no le llevé nunca la contraria en este particular. Levita de paño gris con botones grabados, pantalón azul, chaleco de color ante, gorra con chapa de latón, y una buena talla, todo hay que decirlo.  Aunque las ocasiones para vestir el uniforme, últimamente son más bien escasas, una, o dos veces al año, cuando alguna aldea de los alrededores se acuerda de invitarme a sus fiestas mayores, como a cualquiera de sus autoridades. Y no es que yo lo tenga en cuenta, que sé que sólo es olvido,  que muchos imagino pensarán, que sólo soy una pieza más del faro.  La gente no tiene memoria y sólo se acuerda del torrero cuando truena, en eso me pasa lo mismo que a la pobre Santa Bárbara bendita.

Pero por más que me esfuerzo siempre le he visto más ventajas que inconvenientes a este oficio. No se me ocurre nadie que pueda tener una habitación con mejores vistas que las mías, y con eso me doy por bien pagado.

A mi me gusta identificar los barcos por su saludo, cuando balancean su linterna en la proa para saludarme a su paso. Imagino la cháchara de la tripulación al acercarse a la costa, inquieta ya por el regreso a tierra después de meses de mar. Siempre eché de menos tener una sirena potente para hacerme notar desde el acantilado. No te conformas con nada, decía mi madre, ¿quién como tú ilumina el mar? ¿Para qué quieres despertar a las estrellas?.

Apenas ya sufrimos naufragios. Sólo uno he vivido en la torre. No fue culpa mía, ni de mi lámpara, sino de una tripulación que no consiguió hacerse con aquel velero que parecía empeñado en acabar sus días empotrado en mi acantilado. Por suerte pude dar aviso a la gente del pueblo y entre todos sacamos a la tripulación del agua. Todos a mis órdenes, eso sí, pues en caso de naufragio el torrero tiene la obligación de auxiliar y socorrer aún a costa de su propia vida.

Y aún así, los fareros no penamos como antes, cuando los antiguos encendían hogueras con madera, alquitrán y brea para señalar la costa. La parafina es mejor combustible, y más limpio.  El día es corto y amable en la torre, apenas alimentar la linterna, tenerla a punto, que gire sus ciento ochenta grados, limpiar y mantener, y tomar nota de todo lo que acontece en la mar, hasta donde los ojos alcancen.  Deja tiempo para el huerto y la pesca, y todavía queda demasiado para la soledad y la añoranza. Echo en falta conversación y compañía. Búscate una mujer que no piense demasiado y no aspire a muchas alegrías, me decía mi madre. ¿Quién querría compartir un horizonte tan inmenso?.

Foto:  “Faro del fin del mundo”, Ushuaia -Argentina, 2015

17/04/2016

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