
El nombre no importa. El perfil es siempre el mismo: tíos aplaudidos y admirados, con fama, con dinero, con poder, con un ego y un machismo inmenso, arropados por su fatria, sus siervos o sus secuaces, con la firme convicción de que son intocables, inmunes e impunes.
Dicen que «a cada cerdo le llega su San Martín». Lo dudo. Hay cerdos que mueren plácidamente, revolcándose en sus propios excrementos. En todo caso, si le llega, lo hará demasiado tarde.

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