BAU-BAU ENCALLADO

Goyo odia el mar. Lo odia desde que se jubiló y su mujer se empeñó en vivir cerca de la playa. Los sueños están para cumplirlos se dijeron, y Goyo se dejó convencer.  Antes de instalarse de forma definitiva en el pisito de Xàbia (también Jávea) el mar solo le resultaba molesto durante el mes de alquiler vacacional e indiferente el resto del año.  Ahora lo odia tanto como la humedad le corroe los huesos. Odia el mar (la mar lo llama Paquita ahora, porque en Xàbia, dice, el Mediterráneo es mujer) y todo lo que lo rodea desde olas y gaviotas a chiringuitos con turistas rubicundos incluidos. Es un odio callado, discreto, sin estridencias. Por nada del mundo querría que Paquita se sintiera incómoda, culpable de una decisión que tomaron los dos y a ella la hizo feliz.

En los largos paseos de la pareja, del puerto al Arenal, del Arenal a la Cala Blanca, y vuelta a comenzar, Goyo se entretiene recitando hacia dentro a modo de letanía, o de conjuro contra el salitre, su peculiar y antagónica versión de los versos de Alberti: “El mar, la mar, el mar, ¿por qué me arrastraste Paquita a la mar?” Una, dos, tres veces, y así hasta que pierde la cuenta.  La palabra “arrastrar” refleja bien, la rutina marina del matrimonio.

Pero desde hace unas semanas, exactamente desde el veinticuatro de julio, y para sorpresa de Paquita, Goyo madruga cada día, se coloca las zapatillas y camina a paso ligero, él solo, hasta alcanzar la orilla del primer Montañar, cuando el sol apenas se asoma por encima de la inmensa lámina de agua salada. Y ahí pasa las horas, hasta que comienza el zumbido de los bañistas, sentado frente al velero que el último temporal embarrancó, el Bau-Bau.

Horas mirando el velero que se mantiene en un impúdico y exhibicionista equilibrio inestable, ladeado, en decúbito supino, sujeto a los bordes de la cantera de piedra tosca que en otro tiempo excavaron los romanos. Esperando a ser rescatado, devuelto al mar, llamando la atención de locales y turistas, atrapando la inquietud de Goyo que escucha los sonidos metálicos de los cables del bajel como quien escucha la llamada de auxilio de un amigo.

Eso es lo que quieren creer todos, que al Bau-Bau se le rompió la sujeción a la boya de amarre, que un mar loco y desbocado lo llevó a la deriva, y lo lanzó inconsciente sobre aquella orilla pedregosa de formas rectas, que la nave se desnortó. Pero están equivocados, no fue un accidente. Goyo sabe que el Bau-Bau estaba harto de navegar cargado de fardos de hachís, de delincuentes y de pijos desocupados. Goyo sabe bien, que al Bau-Bau le pasa lo mismo que a él: que ya no soporta el mar, que aprovechó el temporal para escapar, para alejarse, para volver a la tierra firme de la que nunca debió salir. Tuvo mala suerte el pobre, ¡Qué ridículo!

Goyo camina de vuelta a casa maldiciendo, escupiendo su odio, su impotencia. A ver cómo lo sacan ahora. Que se jodan ellos y su mar. “El mar, la mar, el mar, ¿por qué me arrastraste Paquita a la mar?

Con todo mi cariño para Toñi García. Porque este relato/regalo nace en tu casa, en tu nido de gaviota.

Foto: Bau-Bau encallado en Xàbia. @mcpp

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