
A veces pienso que el olivar es el único motivo por el que seguimos juntos Matilde y yo, la única razón por la que no me marcho de casa. Y ella lo sabe.
Nos casamos enamorados como los que más, ilusionados con el futuro que brillaba ante nosotros. Lo normal cuando eres joven. Ella era más de lo que yo hubiera podido soñar, y yo prometía, o eso al menos decían todos. Éramos buena gente los dos, y nos comíamos el mundo entonces. Quizás sea eso lo que Matilde no me perdona. No perdona que nuestra vida haya acabado siendo tan normal, tan del montón, tan predecible, que haya dado al traste con sus expectativas, que me haya atado tanto a la tierra, que no aspire a más que a dedicar mi vida a un olivar del que no soy ni dueño. No necesito que los olivos sean míos para quererlos.
Fue ella la que se empeñó en que ayudara a su padre en el campo. Un día, y otro, y otro, hasta que cedí. Lo hizo por él, no por mí. Ella lo adoraba. No quería que Blas anduviera solo por los bancales arrastrando sus achaques, que le pudiera pasar algo. Anda, no te cuesta nada, así me quedo más tranquila. Y a ti te vendrá bien después de toda la semana metido en el banco, que estás perdiendo hasta el color. Venga, si al fin y al cabo solo es un rato a la semana, que mi padre te quiere como a un hijo.
A regañadientes y obligado, madruga los fines de semana para irte con tu suegro a trabajar al campo y a escuchar sus batallas. No era el plan más apetecible, ni lo tenía previsto, pero lo hice por ella.
El trabajo en el banco, la casa, los hijos que crecen y vuelan, el suegro, el veneno del olivar, y la prejubilación, saberme dueño de casi todo mi tiempo, así empezó a labrarse una distancia entre Matilde y yo que ninguno de los dos hemos sido capaces de romper. Al contrario, crece y crece como se expanden las manchas del aceite cuando se derrama la alcuza, sin posibilidad de remisión. No la culpo a ella, no solo. Se acabó lo que hubo de bonito, así de simple. Queda la triste y mecánica rutina, los hijos que nos miran desde lejos, expectantes ante un futuro incierto, y los reproches, muchos reproches.
Cualquier día vendo los olivos.
No he sido nunca hombre de pasiones, ni de demasiados afectos, pero el olivar del suegro se me fue metiendo en el alma como un veneno lento que lo ocupa todo a su paso. Cuando me vine a dar cuenta me tenía completamente contaminado, sin solución, soñando con escapar al bancal a la menor ocasión, pensando en los olivos más que en los resultados de la sucursal.
Veía a Blas caminar entre los olivos, como un rey que inspecciona satisfecho su reino, pararse frente a ellos como quien se encomienda a un santo, tocar sus troncos con reverencia, con mimo, labrar la tierra con la delicadeza y el cuidado de quien asea a un recién nacido. Con la cosecha, a mano, porque Blas no consentía que ninguna máquina zarandeara sus árboles, el hombre vivía cada descarga en la almazara como una pequeña conquista. No celebraba la cantidad, ni el precio, por buenos que fueran, y hubo años que lo fueron. Lo suyo era un orgullo más profundo, casi religioso, transcendente, el de quien recibe y honra una ofrenda que sabe nacida de la amistad y la generosidad más gratuita. Cosas de abuelo chocho, pensaba yo al principio con mi mentalidad de bancario. Anda hijo, celebremos que los olivos están contentos con nosotros y la tierra agradecida.
Disfrutábamos de los almuerzos sentados a la vera de algún olivo, todavía a la fresca de la mañana, casi en silencio. Un tomate maduro con una pizca de sal, un trozo de queso curado, un pedazo de pan recién comprado en el horno, unas aceitunas verdes partidas en su adobo, a veces una sardina salada de bota o unas migas de bacalao, y siempre, sobre el pan, un chorretón de aceite dorado, fruto de nuestros olivos. Dejábamos que el aceite nos embadurnara los dedos para acabar después chupándolos con fruición, como niños que saborean sus golosinas, sin dejar que ni una gota del oro líquido volviera a la tierra. Y unos buenos tragos de vino bebidos a gallete. La capaza que el suegro preparaba para nuestros almuerzos en el campo era un auténtico tesoro y un regalo que echo de menos cada día. Blas siempre fue un buen anfitrión, disfrutón y generoso como sus olivos. Mientras él estuvo todo fue más fácil con su hija.
Enésima discusión con Matilde. Una más, lo más nimio puede convertirse en el mejor pretexto para iniciar una escaramuza doméstica. Con los chicos fuera de casa discutimos por todo, por todo y por nada, hasta por lo más irrelevante. La rutina no prende bombillas de color, pero es capaz de sacarnos una y mil veces nuestra peor versión, lo que menos nos gusta de nosotros mismos. Parece que tengamos que llenar de palabras el vacío que dejan los otros, aunque no sean las acertadas, aunque hieran. Cuando la decepción se sienta entre dos personas, la plácida charla se acaba. Si no fuera por el olivar hace tiempo que habría dejado a Matilde.
Decías que me bajarías la luna ¿qué luna me vas a bajar? ¿cuándo? Que aburrimiento de vida. Creía que cuando te jubilaras… pero ni así, ahora no hay quien te saque de ese maldito olivar. Cualquier día vendo los olivos y se acabó esa obsesión tuya. Será la única manera de que estés un poco más en casa, de que podamos hacer algo juntos, de que hagas un poco de caso a los tuyos. Maldito el día en que te pedí que ayudaras a mi padre.
Cualquier día vendo el olivar, esa es la amenaza preferida de Matilde. En las últimas semanas no falta el día en que no me la eche a la cara un par de veces. Sabe que es la única que me pone en alerta y me enfada, que me causa zozobra, que sé que es capaz de cumplir. Matilde no es mujer de amenazas gratuitas, nunca lo ha sido. Y yo sin los olivos…
Y es que ella lo sabe.
Sabe lo que siento por esos olivos. Me ha visto acariciar sus troncos añosos como algún día la acaricié a ella, susurrar a sus ramas, mirarlos con orgullo, mimarlos como hacía el suegro, sentirme feliz a su sombra, con su presencia y su silencio.
Y sigue con la matraca de esa promesa tonta de la luna, de todas las promesas que nos hicimos. Si tuviéramos que cumplir todas las promesas que pronunciamos cuando somos novios, la vida sería una hipoteca sin fin. Bonita quizás, pero hipoteca.
Cualquier día vendo el olivar… otra vez. Con más rabia, con más determinación. Es suyo, puede hacerlo. Sabe que los olivos son ya lo único que me ata a ella. Puta luna.
Solo son necesarios cinco días, una excavadora y un pequeño lienzo de tierra.
No hay peligro de que nadie que no sea amigo se acerque por la finca en esos días. Tampoco Matilde. Hace mucho tiempo que no se acerca a sus tierras, no lo va a hacer ahora. Menos ahora.
Doce olivos, son suficientes. No necesito más. Es un precio justo.
No son ni los más grandes, ni los más viejos, ni los más fértiles del olivar amado. Son únicamente los doce que reposan sus raíces sobre la chepa del bancal, sobresaliendo en altura por encima de todos los demás, como un monte Gólgota solitario en medio del paraíso.
Para cuando Matilde se venga a dar cuenta todo estará acabado. Sus doce olivos disfrutarán de una tierra que ella no podrá vender, ya no serán suyos.
Se ha arañado la tierra para causar el menor daño a los árboles. El ruido del motor de la máquina apaga el gruñido de la tierra al verse esquilmada, despojada por la fuerza de unas raíces que tenía por suyas. Cruje la madera en una despedida que sabe eterna. No hay más remedio, es por su bien. Y por el mío. Y sin embargo no puedo evitar el llanto que me desborda con cada crujido, como si fueran mis propias raíces las que acaban suspendidas por la máquina en el aire para quedar desmochadas en la caja del camión, ignorante de la riqueza que carga. Lloro como un niño, como no recuerdo haber llorado antes por nada. Si me viera Matilde…
La ausencia de cada uno de los árboles siembra de boquetes el terreno, agujeros oscuros en los que solo cabe tierra, úteros vacíos de los que ya no saldrán más aceitunas, ni se prensará más aceite.
Tres días han hecho falta para arrancar los árboles sin dañarlos. Dos más para replantarlos en otra tierra, ahora sí, mía. A poca distancia, cerca de la finca en la que crecieron, para que no extrañen demasiado a los que dejan atrás. En altura, para que los puedan ver, aunque sea de lejos.
Sin los olivos, el montículo aparenta una enorme y pálida cáscara de naranja, repleta de cráteres, como bocas abiertas pidiendo alimento, oscuras. Matilde ya tiene la luna que le prometí.
Ya sobran las palabras.
Imagen: Acuarela de Luis Sala «Camí del Teular«

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