
No podíamos seguir disimulando, como si no pasara nada. Eso al menos decía Juana. Ella era la que sabía de esas cosas. En cualquier momento, alguien, cualquiera, se daría cuenta de que mi cuerpo ya no era el de la niña que llegó a la finca apenas hacía unos años. Alguien se fijaría más de la cuenta en el volumen que tomaban mis senos, en la redondez de mis caderas, comentaría el vómito en el lavadero, el resfriado permanente o que me movía arrastrada de cansancio y de sueño. Alguien ataría cabos y acabaría destapando la preñez. Alguien, cualquiera.
Iba para doce semanas y ya no alimentábamos dudas sobre mi embarazo. Aunque tuviera la precaución de no decirlo, Juana albergó hasta entonces la esperanza de que la inmadurez de mi barriga malograse a la criatura y acabara por echarla afuera antes de tiempo. Pero la vida siempre se resiste, más cuando menos debe. Y la desgracia también.

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