
Los años poseen la misteriosa capacidad de ayudarnos a reconocer en nuestros hermanos, gestos personales en los que nos habíamos creído únicos e irrepetibles. El paso del tiempo, en una pirueta extraña y burlona, nos arrastra a los orígenes, a lo esencial, a lo más básico y primitivo. Tal vez la madurez, aunque sea a regañadientes, solo consista en aceptar que no somos las aves exóticas que nos creímos, en dejar por el camino el plumaje inicial, en asumirnos más iguales, menos diferentes, y en aceptar cierta renuncia a la propiedad exclusiva sobre nuestra identidad; en rendirnos al origen común de la especie.

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