
No siempre entiendo las películas de la directora Isabel Coixet, siempre intensas, metafóricas, con personajes muy potentes y ambientes inquietantes. Quizás el hecho de que no las acabe de entender consigue que me resulten más interesantes, que evite distraerme al verlas.
La última de Coixet se titula “Un Amor”. Película intensa como todas las que hace esta directora. Una mujer joven (Nat) llega a vivir a una zona rural del norte de España (creo que La Rioja), inquilina en una casa repleta de agujeros, tantos como su propia vida o, por lo menos, eso parece. Nat acaba manteniendo una relación sexual más que intensa (visual y sonora) con uno de los vecinos. La relación se plantea como un mero intercambio «tú me dejas entrar en ti un rato, y yo arreglo las goteras de tu casa”. El intercambio funciona según los términos del acuerdo: sexo y reparación de goteras. Aunque claro está, no se queda solo ahí.
A la misma vez hay dos (quizás tres) maromos más que rondan a la mujer en una especie de acoso y derribo: el inquietante y nada sutil casero, y el artista y cultureta local pagado de sí mismo. Dos estereotipos completamente distintos en cuanto a forma, pero con un fondo común. A diferencia del “albañil”, estos no plantean ningún tipo de acuerdo, solo despliegan sus encantos y desencantos en una especie de acoso y derribo continuado.
La discreción no suele ser patrimonio de los pueblos pequeños así que, es de todos conocido, que la forastera se acuesta con el reparador de goteras (parece que reincidente en ese tipo de apaños). Este vox populi, de algún modo provoca una mayor insistencia por parte de los otros pretendientes.
Hay una secuencia de la película, casi al final, en la que la mujer, Nat, observa cómo una bandada de buitres sobrevuela en círculos la montaña cercana a su vivienda, sin duda esperan hacerse pronto con la carroña de algún animal muerto. Y la secuencia muestra una metáfora inmensa: es Nat viendo cómo los buitres que la acosan como pavos reales, esperan que acabe quebrándose, que se desplome definitivamente para hacerse con sus despojos.
Por esos mismos días, una bandada de palomos con las alas pintadas de colores vistosos sobrevuela los altos pinos del parque local. Los pájaros van y vienen, se posan en las copas de los pinos, compiten por casa centímetro de rama, aletean armando jaleo, rivalizan, se pavonean ante la paloma, que levanta el vuelo y huye de los insidiosos palomos una y otra vez. Sin demasiado éxito, porque los pájaros la siguen sin descanso.
Los “Colombaris” locales han puesto a competir a sus palomos. Corren tras la bandada, armados de prismáticos, observando sus movimientos y esperando que sea su palomo el que acabe conquistando a la desesperada paloma. En eso consiste el deporte: vence el palomo que se lleva a la paloma (desconozco los matices).
Quizás vivimos en una constante repetición de secuencias. Las mismas secuencias una y otra vez, las mismas metáforas.

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