JIRAFA DE MAR

La vida fluye por el paseo marítimo.

Una niña con zapatitos y calcetines blancos camina tras quien parece su abuelo. El hombre camina delante como si arrastrara el peso de su familia y la de medio mundo. Los brazos a la espalda sujetos entre ellos.

–¡Mira, una jirafa! –La niña señala al cormorán que lleva ya un buen rato posado sobre las piedras del espigón en actitud vigilante. O dormitando. Con estos pájaros una nunca sabe.

–No es una jirafa, es una garza –Masculla el abuelo sin aflojar el ritmo de la caminata ni volver la cabeza gacha.

La pequeña frena en seco sus pasos, piensa, gira sobre sí misma y vuelve por donde había llegado, desandando el trayecto hasta llegar a lo que parece el pelotón de cola familiar: una señora (se deduce que la abuela), y un niño de pantalón corto y movimientos rápidos (se deduce que el hermano pequeño). Los dos reciben a la chiquilla como si volviera de una larga travesía. Choque de palmas, risas, abrazos.

–¡Mira una jirafa! –repite cansina la niña, señalando al oscuro plumífero acuático, como si la vez anterior que pronunció la misma frase solo hubiera sido un ensayo. 

–Siiiiiiiiiii! ¡Es una jirafa de mar! –La voz saltarina y aguda de la abuela confirma la alegre ocurrencia de la nieta –¡Una jirafa de mar!, ¡Una jirafa de mar!

Y los dos críos corren ahora, saltan, por el paseo celebrando el gran descubrimiento. ¡Una jirafa de mar!, ¡Una jirafa de mar!

La señora acelera el paso.

El abuelo camina delante.

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