
Búhos, mochuelos y lechuzas, pueden llegar a ser el vivo retrato de algunas personas. Ya Esopo ilustró comportamientos humanos a través de relatos protagonizados por animales.
A estas bolas plumíferas, de mirada catatónica y asombro permanente se las avista en todo tipo de espacios y territorios, (salvo en la Antártida, por el frio) siendo especialmente abundantes en partidos políticos, organizaciones sociales, empresas y colectivos diversos, siempre, eso sí, que encuentren ahí algún tipo de alimento o aliciente a su medida y gusto. Hasta en el seno de las mejores familias pueden asentar sus nidos.
Estos pájaros y pájaras, necesitan cierta zona de sombra para garantizarse el camuflaje perfecto; si no existen las sombras, las crean, esparcen oscuridad a su alrededor. La noche siempre confunde. Una vez instaladas en la rama adecuada, se dedican básicamente a mirar, observar, atisbar, otear, divisar, vigilar, fisgar, «aguaitar”. Impasibles, estáticas, silenciosas, salvo algún esporádico ulular, el sonido justo e imprescindible para dejar constancia de su permanencia. Cuando tú caes en la cuenta de la presencia de uno de estos pájaros, él o ella ya lleva un buen rato observándote, estudiando tus movimientos, mirándote. Atrapan a sus presas en silencio.
Subidas (mochuelos y personas) a su rama, se garantizan un lugar con buenas vistas, a salvo de movimientos extraños y de posibles depredadores. No se les conoce otra actividad, más allá de la necesaria para su propia subsistencia, de su propio estar. Discretas, pero no invisibles, perduran a las circunstancias, no se mojan, no se implican. Medran a base de silencio y permanencia. No aportan nada, solo están. Resisten.
¿Los has visto?

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