#Crónica: MAÑANA DE JUICIO

Juicio

Asisto de acompañante a un juicio. No es mi primera vez.  He acudido a los juzgados en varias ocasiones, por distintos motivos y en roles diferentes: demandante, demandada, testigo, acompañante.  No he conseguido superar la cautela y el recelo normal ante un medio que no reconozco como propio o habitual y mucho menos como amable.

La cuestión que se dirime es la custodia de un menor. La puesta en escena es la misma que si se discutiera sobre la propiedad de una bicicleta, una oveja, una silla de tres patas o sobre la poda de un cactus. El tono, la actuación, el escenario, el vestuario no varían, se repiten impertérritos como si no estuviera en juego algo más que la propiedad de un objeto. La cuestión humana parece irrelevante.

Se inicia el juicio y las dos personas que demandan la custodia, están sentadas en primera fila, suficientemente separadas y solas. Una funcionaria las ha colocado así, marcando las distancias.   Intuyo, que la prohibición de sentarnos junto a ellas, responde a la incapacidad de la jueza para reconocer a los protagonistas de la demanda, a simple vista, en el hipotético caso de que alguien más estuviera sentado en esa primera fila. O tal vez, lo que se pretendan sea intimidarlas, acogotarlas mucho más de lo que ya están. Interesa que aprendan que acudir a la justicia lleva implícita su propia penitencia. O quizás, solo quieran evitar el sobreesfuerzo de tener que mirarlas y reconocerlas, no vaya a ser que eso dificulte la imparcialidad debida.

Frente a los demandantes,  entre ellos y el estrado, un micrófono erecto, todavía más solo que ellos, espera su turno.

La jueza abre el baile de intervenciones de los abogados y el fiscal. Relatos trufados de fórmulas decimonónicas, incomprensibles para legos. Los demandantes quieren suponer que los de la toga, están defendiendo los intereses que les han encomendado, lo que les preocupa, lo que les ha llevado hasta allí. Pero ¡vete tú a saber qué están diciendo!.

Y llega el momento de testificar. Primero los demandantes, después los testigos. Todos frente al micrófono, como si de un casting se tratase en el que cada uno intenta decir aquello que más pueda gustar para servir a su causa. Preocupados por decir lo adecuado, ni más ni menos; temerosos de excederse, de no acertar; ocupados en adivinar qué quiere escuchar la jueza.

Se amalgaman verdades con mentiras, con imaginación, con deseos, con intereses, con filias y  fobias, con percepciones, con hechos, con miedos, con inseguridades, con sentimientos, todo al ritmo de la cadencia que marcan los abogados: “¿Y no es verdad que…?” “¿Le consta a usted que…?”…

Es el momento de las conclusiones. Y vuelven los discursos trufados de fórmulas, de leyes, de artículos, de jurisprudencia. Una abogada previene contra el sexismo, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, y en mi interior suena un “hija de puta” ante la manipulación obscena, y soy consciente de que mi insulto es sexista.

La jueza que ha asistido al juicio como Dios, sin un gesto de amabilidad con  las partes que pueda poner en duda su ecuanimidad, recoge las conclusiones y da por cerrada la sesión anunciando su veredicto futuro.  Mientras, los demandantes rumiarán sus inseguridades y sus conflictos.

Salgo de allí con la sensación de haber asistido a una ceremonia religiosa: las vestimentas, las formulas, la posición, el silencio de los fieles que sólo pueden intervenir cuando se lo permiten, el respeto reverencial, la distancia con lo humano, la creencia en lo justo…

“Pleitos tengas aunque los ganes”, dice la vieja maldición.  En algún momento alguien tendrá que hablar de la necesaria humanización del sistema judicial, si lo que se pretende es que confiemos en él como parte del juego democrático.

Vuelvo a casa con la sensación de que mi recelo inicial ha mutado en una convicción: la justicia en su divinidad, olvida lo humano.

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