LA HIJA

FAmilia1

– Pedro y yo tuvimos la suerte de enamorarnos a la misma vez que nuestras familias acordaban nuestro matrimonio. No hicimos nada que no hubieran hecho antes nuestro padres, y antes los padres de nuestros padres.  ¿Quién mejor que ellos para saber lo que conviene a los hijos?. Después, un año de noviazgo, y boda.  Una boda preciosa, por todo lo alto. No faltaba nadie que significara algo en el pueblo. Todavía se recuerda la comida que servimos, con  su sopa de menudillos, su cuartito de pollo, y su tortada de almendra y merengue con piña y melocotón en almíbar. Y después la copita de coñac y el puro para ellos y el anís y la mistela para las señoras, y los músicos tocando pasodobles hasta bien entrada la tarde. Una boda bien, en una familia bien.

No tengo queja de mi marido. Que no digo que haya sido perfecto, ¡claro que habrá echado sus canitas al aire!, ¡como todos!, pero con discreción y decencia, sin que nadie haya tenido nada que decir de nosotros. En el matrimonio ha cumplido en todo y en más, y eso es lo que cuenta.

Y después lo normal: la casa, los hijos, los colegios, las catequesis, acompañar a Pedro en sus compromisos.  Hemos sido una familia como Dios manda, y esa satisfacción no me la va a quitar nadie.

¿Qué hay de malo en querer para tu hija lo mismo que tienes tú?

¡Ay los hijos!…, ¡Qué fácil es todo cuando son pequeños! y los llevas y los traes por donde quieres.   Y haces y deshaces, y les vas dando forma como mejor conviene. Y no me puedo quejar, que no han sido los míos malos de criar.  Los chicos  siempre son más brutos, pero mucho más dóciles y cariñosos que las chicas, que parece que vivan para ir a la contra de la madre.  Menos mal que de los cinco sólo me salió una.

Yo los he querido a todos por igual,  también a ella, y eso que nunca me lo puso fácil.  No era mala, pero no se conformaba con nada. Primero la tontería esa de que no quería tomar la primera comunión, después los estudios: ella no podía estudiar enfermería o magisterio como todas, ¡no!, ella tenía que estudiar derecho y marcharse a la capital, y juntarse con todos los desgreñados que le salían al paso.  Y  después lo del novio ese que se la llevó de casa. ¡Que estaba enamorada!. ¿Cómo no me iba a negar a que se casara con él, si no tenía ni donde caerse muerto? ¿Es tan difícil de entender que una madre sabe lo que le conviene a su hija? ¿De qué le tenía que pedir perdón yo, si fue ella la que nos pegó el portazo y no ha querido volver a casa en todos estos años?.

– Lo siento mucho María, ¿Quién iba a pensar?… un golpe. Ahora toca ser fuerte, por los que te quedan… ¿quién iba a pensar que volvería así? Pobre hija…, estaréis destrozados –El abrazó de la amiga la sacó del torrente de recuerdos en el que había ahogado ya todas sus lágrimas.

María no recordaba cuanto tiempo llevaba sentada, pasando las cuentas del rosario, pegada a la cristalera, mirando a la hija con la que ya no volvería a discutir.  La había amortajado con aquel vestido tan bonito que dejó abandonado en el armario cuando se marchó porque no le gustaba. ¡está preciosa!. Le quedaba la tranquilidad de saber que la tenía de regreso en casa. En el panteón familiar, como le corresponde.  Estaban todos juntos otra vez, y eso la reconfortaba.

22-02-2018

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