ALTIVO

Ciprés

Cuando nosotros llegamos, él vivía en la entrada del pueblo ya hacía muchos años.  No merecimos su saludo, aunque estoy segura de que nos vio, y es más, estoy segura de que despertamos su interés.  Percibí en él un leve temblor a nuestro paso. Más tarde supe que ese temblor era fruto de la inquietud que le provocaba la proximidad de cualquier ser vivo.   Nadie en el pueblo podía presumir de su amistad, y eso nos confortaba, al no sentirnos menos que nadie como recién llegados al terruño.  Nos mira mal, decían algunos. Sólo es un pájaro de mal agüero, pensaba la mayoría.  La realidad es que el insigne vecino disfrutaba controlando quién entraba y quién salía, como se movían los lugareños, hacia dónde se movían, y en resumen, todo lo que pasaba a su alrededor.  Si se tratara de otro, nos hubiera molestado por vulgar cotilla.

Nunca le conocimos amistades ni relaciones, ni que mantuviera la cháchara normal entre vecinos.  Le molestaban especialmente niños y pájaros, a los que despachaba  sin miramientos con un cavernoso quitad de ahí, que no dejaba lugar a dudas sobre el malestar que le provocaban y sus nulas intenciones de entablar conversación alguna.

Nadie dio razones a nuestra curiosidad sobre cómo había llegado a este pueblo destartalado y pobre, apenas agraciado con un monte suave, un cielo azul inmenso, una charca a la que los parroquianos llaman laguna y a la que apenas llegan cuatro aves de paso, y un tapiz de bancales sedientos a los que los labriegos arrancan algo de cereal no sin pocas resistencias.

Frugal en sus costumbres, no se le conocían vicios ni viajes: algunos decían que aunque no lo pareciera, estaba demasiado enraizado para pensar en aventuras lejanas. Elegante en el porte, parecía vestir siempre el mismo corte de traje, que intuíamos cambiaba, atendiendo únicamente a criterios de comodidad nunca estéticos, pues parecía vestir siempre igual. ¡Limpio pero monótono!

Especulamos  durante mucho tiempo  sobre  la posibilidad de que las cicatrices que mostraba, fueran la causa de su talante huraño y su altivez. A veces, cuando las heridas mantienen tan vivas sus huellas, ahuyentan el olvido  y atraen más rencor y amargura.

Nunca quiso participar del destino de sus vecinos, destino que parecía importarle bien poco. No se inmutó cuando les veía desfilar al camposanto,  cuando vio marchar a la capital a todos los jóvenes de la localidad, o cuando el fuego la tomó con el monte,  dejándolo arrasado y arruinando el futuro de todos.

Fue  su falta de empatía tras el incendio, la que acabó con la paciencia de los vecinos que acabaron tratándolo con antipatía y desdén. No le perdonaban su mirada indiferente, su inactividad,  que no fuera capaz de expresar sus condolencias,  que siguiera allí mirándolo todo sin comprometerse con nadie. No le perdonaban que él siguiera vivo.

Sólo cuando sintió el zarpazo de las uñas de la máquina excavadora arrastrando sus raíces, el ciprés abandonó su compostura entre los llantos y crujidos de sus ramas, dejando a la intemperie el miedo, el dolor y la soledad que estaba sufriendo y que nunca antes había mostrado. Por primera vez bajó la mirada suplicando la compasión de todos los que nos amontonabanabos a su alrededor. Asombro y silencio fueron las únicas respuestas.

Sus ruegos resultaron inútiles: el árbol molestaba para la construcción de la nueva carretera.

Relato construido a partir de dos palabras: árbol y uña.

1-02-2018

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