Retazos de «Piedad»: A SERVIR

Padre caminaba delante, como siempre, solo y enfurruñado.  No quería compañía, daba lo mismo familia que peones, que el tramo a recorrer fuera corto o largo; no dejaba que nadie se pusiera a su altura, que pudiera parecer que alguien caminaba a su lado. He llegado a pensar, que nunca distinguió entre personas y bestias. Y en caso de haber tenido que elegir, con toda seguridad, se hubiera puesto de parte de las bestias, más útiles, menos necesitadas de razones y más acostumbradas al palo.

No les debió costar mucho trabajo elegirme, yo era la pequeña de las hijas. Poniéndome a servir se quitaban de encima una boca, y a la vez recogían sus buenos cuartos para la casa. No eran pocas las familias de aquel valle seco y triste las que habían empezado a enviar a las hijas más pequeñas a servir a Murcia, o a los pueblos más grandes de la zona; algunas llegaron hasta Valencia y Barcelona. Allí las cosas eran así: o te escapabas con el novio y entonces no podías volver a tu casa porque los tuyos te consideraban peor que una golfa, una perdida, o salías para casarte, o te ponían a servir o acababas de criada machucha en tu propia casa, sirviendo a padres, hermanos y viejos. Esas eran las opciones, no había otro horizonte para nosotras.

Yo tenía poca idea de lo que significaba ir a servir, sabía poco o nada de todo. Aprendíamos a trabajar y poco más. Aunque servir, por servir, mejor hacerlo en una casa que tuviera más comodidades, más pan y menos tristeza que la mía. Nuestra casa, por no tener, no tenía, como era costumbre en aquella tierra llana, ni una palmera que señalara su presencia en la monotonía ocre del valle; no fuera a ser que su cimbreo al aire invitara a cualquiera a acercarse a nosotros. Aquella tierra, tan harta de hambre y de miseria, no daba más que para sobrevivir a malas penas. Así que me tocó a mí. Mi hermana Concha, la mayor de nosotras, llevaba varios años de novia con Anselmo y de no pasar nada, estaba previsto que se casaran en la primavera siguiente. Y Salvadora todavía hacía falta en la casa, ella era la que la llevaba adelante, cubriendo la dejadez y la desgana de madre. Los hermanos eran otra cosa: no los criaban para criados como a nosotras, ellos estaban hechos de otra pasta, muy parecida a la de padre.

—Que no tengan que llamarme la atención por nada. ¡Avisada quedas!

Escuché la amenaza de padre conforme estuvimos llegando a La Palmera. No rechisté. Si padre hablaba solo cabía callar. El hombre gastaba pocas palabras para todo, parecía que se las arrancaran de los bolsillos. La vida no le dio para más, ni palabras ni tan siquiera vida. Tampoco los hijos heredamos muchas palabras, a fuerza de no escucharlas, no las aprendíamos.

Aquí la tienes, métela en vereda si quieres que te rinda algo, que esta cuando te encantas se engolfa y no hay manera de sacar provecho de ella.  Si necesitas darle algún pescozón, no tengas escrúpulo.

Padre largó la advertencia de carrerilla, sin llegar a mirarme, sin mediar un saludo ni un buenos días, como si le urgiera descargar un fardo que lo estuviera aplastando y salir huyendo de allí sin esperar respuesta ni acuse de recibo.

Juana lo escuchó plantada en medio de la entrada de la casona, impoluta con su vestido gris, las mangas dobladas por debajo de los codos, y sus zapatos negros, marcando territorio con su cuerpo menudo, como si fuera la más imponente de las mujeres. El pelo negro y fuerte recogido en un moño perfilaba un rostro que hablaba sin necesidad de palabras. Los labios finos le marcaban una sonrisa burlona que parecía sacar de quicio a padre, que la miraba a contrapelo con cara de pocos amigos, cosa que tampoco era ninguna novedad.

Le habíamos oído hablar de ella muchas veces, nunca para bien. Según él, aquella mujer se creía la dueña de la casa, sin ser más que otra simple criada. Se permitía dar órdenes, y suplir la palabra del patrón en la organización de la propiedad. Don Lucas la llamaba “ama”, nunca por su nombre de pila. Yo la había imaginado una mujer grande, soberbia, fuerte, y mal encarada, por lo menos lo suficiente para atreverse a retar y plantarle cara a padre. Nada más lejos.

—Buenos días, Mateo, menos mal que la muchacha es tu hija.  No quiero pensar cómo harías las presentaciones si no tuviera nada tuyo. No tienes arreglo. Dios no quiso darte ni una pizca del don de la alegría. Una pena.

Juana le arrojó a padre el reproche a la cara, sin dejar de sonreírle, sin disimular tampoco el desprecio que sentía por él.  Mateo podía ser el capataz de la finca, ordenar y disponer de jornaleros, aperos, tierra y bestias, pero ella era la que tenía el afecto del patrón. En la casa mandaba Juana y nadie se atrevía a discutir su autoridad. La mujer disfrutaba haciéndolo saber, sin aspavientos, con la tranquilidad de quien se sabe dueña de la situación: ella era la ama de don Lucas. Padre no contestó, soltó un resoplido cargado de enojo, dio media vuelta y se marchó dejándonos a las dos allí plantadas. Nada más. Así era él.

—¿Y tú qué sabes hacer, chiquilla? Anda pasa, que aquí no nos comemos a nadie.

En el tono de Juana Zamora no quedaba ni rastro de la crudeza con la que acababa de hablarle a padre unos segundos antes. Su voz sonaba a bienvenida y transmitía una calidez que, a mí, entonces, me resultaba completamente extraña y en la que me sentí arropada, protegida de la soledad que arrastraba incrustada en los huesos.

Como si acabara de resquebrajarse una presa que llevara años resistiendo los envites del agua, rompí a llorar con desespero ante la mirada compasiva y paciente de Juana. Todavía hoy me dura aquel llanto.

Foto: @palazonmc. Monasterio de Santo Espiritu. Gilet. Así podría ser la Finca La Palmera.

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