Retazos de «Piedad»: Arranque

Todo equilibrio tiende a desmoronarse a poco que encuentra ocasión. No hay silencio ni misterio que resista eternamente. Basta un imprevisto, un golpe, una sacudida, un segundo de debilidad, para que salte por los aires el puzle que llevas intentando ensamblar toda tu vida. Siempre queda un vacío, un resquicio, un afecto que lo descuadra todo.

Por mucho que cueste admitirlo, a la postre, acaban faltando más piezas que las que has podido colocar. El hueco vacío es más grande que las partes cubiertas, y no hay zurcido que aguante cuando una prenda se rasga por las costuras.

La noticia de la muerte de Piedad arrancó de cuajo la urdimbre de silencios y olvidos, con la que habíamos intentado protegernos. Tejimos un relato mínimamente coherente de nuestra propia historia, un relato que tenía más de cuento que de historia. La vieja táctica de incierto resultado: si la realidad duele, inventas otra más amable, más a tu medida. A fuerza de hilvanar mentiras entre unos y otros, conseguimos pergeñar un simulacro de tregua que quisimos creer firme y estable. Como si alguna vez hubiera existido una paz duradera.

Cada uno de nosotros intentó salvarse a su manera. De niños, combatimos el desconcierto y la vergüenza arropándonos en el cariño excesivo que respirábamos en casa. Y de mayores nos autoimpusimos el silencio y la negación, como únicas vías para evitar sumirnos en la confrontación permanentemente, en una espiral de salida imposible.  Cada uno levantó a su alrededor su particular barricada. Marcamos distancias de seguridad con la pretensión de que nos protegieran de la necesidad de saber, de lo que ya sabíamos y de lo que preferíamos ignorar. 

El silencio genera mudez, miedo, sufrimiento, olvido, vacío. Te deja a merced de tu propia soledad, y el tiempo siempre juega a la contra. Cuando empiezas a buscar, a querer saber, ya no encuentras el hilo del que tirar, no queda nadie a quien preguntar. Desaparecen las personas, las referencias, los paisajes, y se difuminan las huellas, si es que alguna vez, llegaron a dejar la marca de su impronta.  

Basta una llamada de teléfono para resquebrajar todos los silencios y poner tu mundo patas arriba. 

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