A VUELTAS CON EL Sr. AMANCIO ORTEGA… y con el cáncer.

Zara

Confieso que me pasma el debate que hay montado en torno a la donación de tecnología oncológica del Sr. Amancio Ortega.  Pienso que quizás lo único que tenemos en común los habitantes de este estado patrio, independientemente del territorio, es la capacidad para montar bullas que olvidamos con la misma rapidez con que las montamos.  Y lo hacemos sin matices, o todo o nada, o blanco o negro, amigos o enemigos. Bien o mal. Se nos olvida la “y”.

Como afectada directa, ¡bienvenido sea todo lo que suponga mejora para la detección y tratamiento del cáncer!.  Y por tanto, ¡Bienvenida la donación de Amancio Ortega!

¿Qué la administración pública, dígase sistema público de sanidad, es el que debe hacer frente a todas las necesidades que plantea esta enfermedad? ¡Por supuesto!.  Me pasma que el acento lo pongamos en señalar al donante, y no en el hecho de que tenga que ser este señor el que venga a poner la pasta, para que se dote a los hospitales de un equipamiento que se considera absolutamente necesario. ¿Y si este señor no paga, no hay equipamiento? ¿no hemos quedado en que es un material imprescindible?¿Qué hemos hecho antes de que llegara el mecenas?

También me pasma, y muchísimo, no haber oído nunca a personaje público alguno, ni una crítica respecto a las miles de carreras y maratones que a lo largo del año, se organizan para recabar fondos para investigación y asistencia en materia oncológica. ¿Pues no hemos quedado  en que salud y sanidad corresponden a la administración pública (que somos todos)? ¿Y que pasa si no hay solidaridad? ¿No hay fondos? ¿no hay investigación? ¿No hay asistencia? No he escuchado a nadie proponer que en vez de juntarnos en una carrera, lo hagamos en una reivindicación colosal por una sanidad pública, universal, gratuita y de calidad, y no sometida a la mercadería de turno.  Para otro día dejo el uso irresponsable y derrochón que  hacemos a veces de la sanidad pública (no todos, solo los derrochones e irresponsables).

Y otra cuestión es la de los impuestos. Que aquí ya se nos calienta la boca, y empezamos a decir como poco, que este señor hecho a si mismo, es un defraudador de las arcas públicas, con ínfulas de cleptómano, y cosas más subiditas de tono.  Si tan clara está la cosa, como para proclamarlo micrófono en mano, ¡denuncie!¡Vaya usted a la justicia, a la inspección fiscal!

Vamos a ver: si este señor hace lo que hace: intentar pagar lo menos posible a hacienda (con todos los mecanismos que la ley le permite incluido tributar en otros países), para después darse el lujo de hacer una donación, condicionar el destino de la misma, y acabar desgravándosela, es simplemente porque puede. Porque tenemos un sistema fiscal tramposo e injusto (un poco de las dos cosas las llevamos todos los patrios en los genes, unos más que otras, claro) y porque solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.  Porque en la cuestión de impuestos y de tasas, el corazón siempre lo tenemos “partio” y desviado a la derecha, y nos gusta el “gratis total”, y pago en diferido para la colectividad, más que un voto a un candidato. Y porque somos poco exigentes con nuestros representantes políticos, taciturnos, indolentes y cobardes cuando de arremangarse contra la desigualdad se trata, pero en lo estructural, que de gestos ya vamos sobrados.

Y hay una última cosilla: respecto a la procedencia de los beneficios de Amancio Ortega, parece que son mayoría los que tienen claro que su origen está en la mano de obra esclava en países terceros. Y esto claro está, es muy malo y está fatal.  Sin embargo las tiendas de ZARA están siempre llenas, ¿quién compra en ellas? ¿solo las individuas sin conciencia? ¿sabemos a cuantos estamos esclavizando, esquilmando, sisando en nuestras compras siempre ávidas de ofertas y gangas, de producto/servicio barato en definitiva?. “Nuestro carro de la compra es nuestro tanque” decía el filósofo.

En lo individual: consumo responsable y sostenible;  en lo colectivo: justicia fiscal, cuidado y exigencia de buena gestión en los recursos públicos, especialmente en aquellos que nos hacen más iguales: sanidad, educación, pensiones y servicios sociales. ¡Y bienvenida sea la donación (sin que sea necesario echar mano de botafumeiro y coro de vestales derritiéndose en alabanzas)!

Se me olvidaba decirlo una vez más: tenemos una sanidad pública que es un lujo. De todos depende.

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