VOLVER DE LOURDES

 

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El autobús enfiló la autopista en dirección a Valencia.  Siguiendo la propuesta  del párroco rezaron juntos una plegaria solicitando la protección divina para el viaje de regreso: un avemaría, un padre nuestro, y la salve. Nadie se negó, tres oraciones son pura calderilla tras el desparrame de devoción del que regresaban.  Después el chófer amortiguó  las luces y cada pasajero buscó la mejor postura para echar un par de cabezadas o dormir a pierna suelta, los más afortunados,  según la facilidad de cada uno para coger el sueño en ambiente hostil. La próxima parada en dos horas.

Manolo,  sonreía para sí mientras intentaba meter su corpachón en el asiento mínimo que le había tocado en suerte. O él era demasiado grande, o el espacio era demasiado pequeño. Aunque se empeñaba en evitarlo, en cada movimiento le daba un meneo al asiento de delante, provocando la queja inmediata del vecino, por mucho que Manolo se disculpara tras cada golpetazo.   El reposabrazos hacia la función de cepo para su cintura, y le obligaba a mantenerse erguido todo el tiempo, lo cual, sumado a su estatura, le daba cierto aspecto de vigía permanente.   Y pese a la estrechez, sonreía rumiando su última travesura perpetrada, y las consecuencias de la misma. Sabía de sobra la que se le venía encima.  Carmen llevaba sin hablarle toda la noche. Avergonzada una vez más por su causa.

En el autobús reinaba ya el silencio.  También Carmen se había acomodado en su asiento, ladeando el cuerpo hacia el pasillo intentando esquivar el corpachón de su marido.

– No hacía falta Manolo, no hacia falta –Carmen refunfuñaba en susurros intentando controlar su enfado y  las molestia a los compañeros de viaje- si no querías venir, te hubiera bastado con decirlo y no hacerme pasar el ridículo que me has hecho pasar esta tarde. ¿En qué estabas pensando? ¿Es que no respetas ya nada Manolo?.

– Va Carmen, cariño,  no te pongas así, encima de que lo he hecho por ti pensé que te haría ilusión – intentó pasarle el brazo por los hombros y acercarla a él, sabiendo que si lo conseguía, rompería sus resistencias, y el disgusto se reconvertiría una vez más, en motivo de risas y chascarrillos con los amigos, pero no lo consiguió, esta vez no iba a resultarle tan fácil.

– Manolo no me enciendas, ¡no me enciendas¡ ¿A quién se le ocurre?.  Para una vez que te pido algo. Pero la culpa es mía ¿Cómo se me ocurre pedirte que me regales para las bodas de plata acompañarme al viaje de la parroquia a Lourdes? ¿Cómo se me ocurre?. Como si no te conociera. Se puede ser descreído y respetar un poco lo que creen los otros ¿No? ¿o todo te lo tienes que tomar a chirigota? ¿No hay nada que te infunda un poco de respeto? ¿nada? ¿de todo tienes que hacer un sainete?.  Y delante de todos los conocidos, van a tardar poco en contárselo a todo el pueblo. Y  espérate a que se enteren tus hijas. Porque se van a enterar y esta vez no te van a perdonar tan rápido. Tenías que ponerme en evidencia, también aquí. ¡Vaya regalo me has hecho Manolo!, ¡Vaya regalo!… pero la culpa es mía, por fiarme, por pensar que eres capaz de comportarte, ¡por una vez en tu vida!… Demasiado pedir, está claro.

Carmen se dejó caer en el asiento como fuelle sin aire, cerrando los ojos, intentando apagar todo el enfado que llevaba encima.

– Pensaba que era lo que querías -le murmuró Manolo acercándose a ella, en lo que parecía un gesto sincero de arrepentimiento- a ver si te crees que me hacía mucha ilusión a mí arrastrarme de rodillas detrás de la virgen toda la procesión en medio del calor y el olor apestoso que soltaban las antorchas esas, y rezando como si me fuera la vida en ello. Tu ya sabes cómo soy, que no hago nada a medias tintas.  Para una vez que me pongo, lo he hecho a lo grande.

– ¿Pero quién te ha pedido a ti que hagas nada?  ¿Y hacia falta mucha falta también  que te pusieras a gritar ¡Milagro!, ¡Milagro! y a correr y saltar por toda la basílica y a besar a todo el que te salía al paso como si fueras un poseso? ¿Qué milagro te van a hacer a ti si te burlas de lo más sagrado?.  Pobres personas, cuando se han dado cuenta de que  todo era una pantomima tuya.  Pobre don Tadeo, no sabía dónde meterse, al tener que aclarar que eres feligrés suyo y dar la cara por ti. Al pobre hombre le va a costar mirarme y no enfadarse conmigo en una temporada larga.  ¡Qué vergüenza, señor, que vergüenza!

– ¿Te parece poco milagro no haber perdido las rodillas, después de tres horas de procesión arrastrándolas por el asfalto?, si lo que no sé es cómo he podido salvarlas,  –Manolo se las acarició sin poder evitar una sonrisa traviesa y calló consciente de que todo lo que dijera podía volverse en su contra. No estaba el horno para más bromas.

Carmen le dio la espalda, cerró los ojos y se propuso dormir.

Manolo siguió tieso en el asiento, seguro de que era la última vez que viajaban juntos y no podía dejar de sonreír. Odiaba viajar.

5/04/2018

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